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Y cada día son más

Por Maia Franceschelli

A partir de la crisis del Covid-19, en reiteradas ocasiones y mediante las distintas temáticas analizadas, hemos señalado al hombre como causa fundante del virus y como responsable último del desastre medioambiental que padece el mundo.

En abril de este año, fue publicada la obra “La Fiebre”, la cual reúne pensamientos de autores y autoras elaborados desde diversos campos disciplinares: filosofía, sociología, historia, comunicación, psicología, arte, economía, educación y ecología que concluyen en lo mismo que nosotros, pero con investigaciones y argumentos científicos.

Sin ir más lejos, una de las autoras, Silvia Ribeiro, investigadora y periodista uruguaya, responsable de programas del Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración en México (ETC), plantea que hay tres causas concomitantes y complementarias que han producido a todos los virus infecciosos que se han extendido globalmente en las últimas décadas.

Una de ellas, y la principal según la periodista, es la cría industrial y masiva de animales. Especialmente las de nuestro consumo cotidiano: pollos, cerdos, vacas y pavos.

La segunda causa es el contexto general de la agricultura industrial agrotóxica, en el que el 75% de la tierra agrícola del mundo se destina a todo lo relacionado a la cría masiva de animales y la siembra de forrajes para su alimentación.

La tercera es el crecimiento descontrolado de la mancha urbana y las industrias que la alimentan. Las tres en conjunto son causa de deforestación y destrucción de hábitats naturales en todo el planeta, que también implica desplazar comunidades indígenas y campesinas en esas áreas.

De los diversos aspectos que abarcan en sus análisis, el punto de conexión es el mismo: esta situación es consecuencia directa de la relación tiránica que le plantea el hombre capitalista a la naturaleza.

Todo lo que está ocurriendo es resultado de nuestra invasión, explotación, abuso y destrucción de ecosistemas. Los múltiples seres vivos que los habitan deben exiliarse de su lugar de vida, intervenido totalmente.

Hacinados por el desplazamiento, diversas especies convergen en reducidos espacios, donde los alimentos (que muchas veces son cadáveres), los desechos y las diferentes crías se mezclan y producen nuevos elementos y mutaciones que derivan en los ya conocidos virus.

El pueblo mexicano vio de esta manera el surgimiento de la gripe porcina en el 2009, en una fábrica de cerdos hoy propiedad de la mega empresa china WH Group, la actualmente mayor productora de carne porcina del mundo, ocupando el primer lugar en ese rubro en China, Estados Unidos y varios países europeos.

Allí estaba presente el factor fundamental del proceso, la existencia de una enorme cantidad de animales de cría hacinados, confinados e inmunodeprimidos. Resultado: más de 60 millones de casos de Influenza H1N1.

La OMS llamó recién en 2017 a que “las industrias agropecuaria, piscicultora y alimentaria dejen de utilizar sistemáticamente antibióticos para estimular el crecimiento de animales sanos”. Pero esto de nada ha servido.

La búsqueda de soluciones siempre se direcciona erróneamente (oh casualidad!) en vez de apuntar a la raíz verdadera. Los estados destinan enormes sumas de recursos públicos en medidas de contención, prevención y tratamiento, lo que torna a la “batalla” por ganarle al virus una oportunidad de ventas para muchas multinacionales, desde farmacéuticas hasta extractivistas.

Las evidencias están presentes, y no son nuevas. Y lo peor, es que cada vez son más. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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