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¿Una Iglesia progre?

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El Papa Francisco, también conocido como Jorge Bergoglio, se refirió a la unión civil entre personas del mismo género alentando la aprobación de leyes en tal sentido por parte de los países. Lo hizo en declaraciones para un documental, próximo a estrenarse.

Fueron muchas las interpretaciones que surgieron respecto a sus expresiones y algunas buscaron hacer exégesis del Papa, intentos extraños, teniendo en cuenta que la trayectoria del pontífice y de la institución que él representa habla por sí sola, en lo que a derechos civiles hacia ciertos grupos respecta.

El recorrido de las posturas de Francisco en este tema no comenzó en 2013. Cuando se discutió la Ley de Matrimonio Igualitario en Argentina, en 2010, el entonces Cardenal no vaciló al hablar de “guerra de Dios” para referirse a la militancia en contra de ese proyecto.

Supieron diferenciar el matrimonio, reservado para las parejas heterosexuales que podían formar una familia, de la unión civil. Esta última es la que, en último caso, estaban dispuestos a aceptar. No obstante, el proyecto que concedían no incluía la posibilidad de adoptar y contemplaba la objeción de conciencia: los funcionarios podían negarse a celebrar esa unión. Considerando las recientes declaraciones del Papa, nada cambió en su postura: el matrimonio no es para homosexuales, que sólo pueden aspirar a la unión, un estamento menor en su escala de valores.

Más acá en el tiempo, en 2018 Francisco dijo que “cuando la homosexualidad se manifiesta desde la infancia, hay mucho por hacer desde la psiquiatría”. Una versión remasterizada, aunque también ya fuertemente refutada, de la patologización de gays o lesbianas, a quienes históricamente supo calificarse como sodomitas, desviados, infames o merecedores de disuasivos y escarmientos ejemplares.

En una clara linealidad histórica fue la misma Iglesia la que, cronológicamente, se opuso al divorcio vincular, al matrimonio igualitario, a la ley de identidad de género y a la interrupción del embarazo.  También rechazan la aplicación de la ESI. Claro que no son oposiciones meramente ideológicas o testimoniales: ejercen fuerte poder de lobby con el fin de vetar iniciativas de este tipo.

La Iglesia tiene, además, sus propios asuntos para hacer autocrítica en temas vinculados con géneros y sexualidades: basta con mencionar los abusos sexuales en su seno, permanentemente subestimados desde el poder, pese a la gravedad y contundencia de las denuncias.

¿Qué cambió entonces, en este juego de Dr. Jekyll y Mr. Hyde? La Iglesia busca conservar sus feligreses, entre generaciones que ya no discuten a las parejas homosexuales y ante un mundo que culturalmente avanza en ese sentido. Francisco se define a sí mismo como un misionero, una persona dedicada a expandir la doctrina. No fue casual su elección, considerando que también es Latinoamericano, con un Vaticano que siempre tuvo su mirada puesta en Europa.

En entregas anteriores definimos al washing o lavado, como una práctica a la que acuden las corporaciones para apropiarse de discursos sociales, con el objetivo de mejorar sus beneficios. La actuación de la iglesia no es muy diferente a Coca-Cola poniéndole una etiqueta verde a su botella durante algunas semanas: nada cambia, pero se muestra más amigable.

¿Por qué las parejas compuestas por personas del mismo género aún no pueden celebrar su unión en una iglesia, si tan bienvenidos son? ¿Por qué no avanzan en tal sentido, que sí les compete completamente? ¿Por qué, en su lugar, este culto religioso pide reglamentaciones a los estados?

Cuestión aparte es la pregunta de si colectivos tan violentados están interesados en expresar su fe en esta institución. Recordemos que, aunque la Iglesia se vista de progre, Iglesia queda. (Nota de opinión para CAMBIO 2000)

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