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Una hipoteca a futuro con efectos desconocidos

(Por Lautaro Peñaflor Zangara para CAMBIO 2000)

Argentina y China firmaron un contrato para construir una nueva central nuclear en nuestro país. La noticia se dio a conocer el primero de este mes: China invertirá en la Argentina para la construcción de la Central Nuclear Atucha III. Las obras iniciarían a fines de este año.

El anuncio fue realizado con eufóricos argumentos en favor de una «energía limpia, segura y sustentable», despertando todo tipo de reacciones, a favor y en contra. De hecho, no es la única noticia relevante respecto a esta materia a nivel global: la Unión Europea se apresta a considerar a la energía nuclear como «energía verde». De ese lado del globo, la postura tampoco es unánime. Alemania, por ejemplo, está llevando adelante un plan de cierre de las centrales nucleares y Francia, por el contrario, promete crear ocho nuevas.

Desandemos un poco sobre este tema. El uranio es el combustible que se utiliza en las centrales para la generación de energía nuclear. Si la demanda de la energía nuclear crece, se espera que haya un consecuente incremento en la demanda de uranio y, por ende, de su extracción, generando algunas preguntas: cómo y dónde se realizará la minería para ese propósito, qué impacto ambiental tendrá, cuáles son las condiciones laborales de los trabajadores en las minas. El riesgo, una vez más, son las promesas mentirosas y la posibilidad de estar dando un paso en falso.

De hecho, éste es uno de los elementos por los cuales para Greenpeace la energía nuclear es la fuente de energía con mayor potencial contaminante. La organización argumenta que la extracción de minerales de uranio contamina y genera emisiones de gases de efecto invernadero, contribuyentes al cambio climático.

Asimismo, hay dos puntos que son probablemente los más icónicos respecto a la energía nuclear: los residuos y los posibles accidentes.

Los residuos radioactivos son uno de los puntos más críticos de la energía. Hay distintos tipos de residuos nucleares conforme su nivel de radioactividad. Según la Asociación Nuclear Mundial, el 90% de los residuos nucleares son los de menor radioactividad. Se trataría por ejemplo de elementos o vestimenta contaminada. La disposición de todos estos tipos de residuos es fundamental. El combustible nuclear utilizado se tiene que almacenar en lugares con altos estándares de seguridad.

Es ese requerimiento de seguridad lo que a veces pone en duda la efectiva realización de energía nuclear en países donde los controles ambientales no presentan la mejor trayectoria histórica.

En cuanto a los accidentes, si consideramos la tasa de muerte por accidentes o contaminación de aire según el tipo de fuente de energía, el carbón y el petróleo lideran el ranking con un 56% conjunto. La energía nuclear se ubica en un 4%.

Ahora, por ejemplo, a 35 años del inicio del desastre de Chernobyl, en Ucrania, la contaminación de alimentos persiste en grandes áreas de Europa. La mayoría de los 6.800 pacientes con cáncer de tiroides de los primeros 20 años sobrevivieron, pero a un alto costo. A 10 años del accidente nuclear de Fukushima, en Japón, 218 personas -niños en el momento de la exposición- fueron diagnosticadas con cáncer de tiroides. Es decir, la incidencia de cáncer entre los residentes aumenta con el nivel de contaminación ambiental. Por esa razón, los accidentes son una posibilidad y cuando ocurren, los daños van más allá del 4%. Siempre hablando de los daños visibles.

En síntesis, considerar a la energía nuclear como una “energía verde” a raíz de que escaparía a los estándares que debemos abandonar según la transición energética, resulta una idea simplista. Por el contrario, profundizar el camino extractivista cuyas consecuencias no se conocen, implica una nueva hipoteca a futuro, con efectos aún inexplorados.

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