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Un tenedor libre de crueldad

Lautaro Peñaflor Zangara

Todas las tardes podemos deleitarnos con un clásico de la televisión que volvió hace pocas semanas: Cuestión de Peso. Se trata de un reality show en el cual un grupo de personas gordas se someten a un tratamiento televisado para adelgazar.

El proceso es acompañado por un conjunto de profesionales, todas personas flacas y casi todas de apellido Cormillot: Alberto, Adrián y Abril (hijo y nieta del primero, respectivamente). Además, se suman Estefanía Pasquini, licenciada en Nutrición y esposa de Alberto, y Sergio Verón, médico deportólogo e integrante de la Clínica Cormillot.

El programa lleva ya muchos años en emisión, por lo que debemos reconocerle la intención de acercarlo a esta época. Esta vez, dentro de los participantes encontramos perfiles clásicos, como un gaucho, una madre o un empleado de una panadería; y algunas variantes generacionales, como una influencer, una bailarina que vende contenido en Only Fans y la novia de Luisito, que concursó en otra temporada.

Ahora hay un streaming después del programa y el conductor nos acerca a los discursos de amor propio que lo invaden todo en esta era. Mario Masaccessi prácticamente nos invita a un culto: nos exculpa, nos perdona, nos da su comprensiva indulgencia de persona flaca. Su discursiva es similar a la de un pastor, acorde a estos tiempos de pensamientos mágicos y marcado “elijo creer”.

Atrás de estas novedades está el mismo contenido. Los participantes deben cumplir rigurosamente con el tratamiento, además de exponer su intimidad. Semana a semana deben pesarse en vivo. Los jueves hay “pesajes de control” y los viernes, de eliminación. Si alguno no baja de peso, queda expulsado.

El pesaje de control es un punto álgido de la semana, porque al día siguiente el participante puede ser eliminado. Entonces, cuando en esa instancia la balanza marca un peso superior al anterior, le colocan al concursante una remera negra que alerta el riesgo. además, aparece una advertencia en pantalla y suena una sirena. Es mucho, ¿no?

No es lo único violento: además, la cámara toma a la persona con un plano contrapicado que, sabrán quienes entiendan muy poquito de fotografía, busca exacerbar la dimensión grande de aquello que se busca retratar. Decisiones de dirección de este tipo se repiten de programa a programa.

Cuestión de Peso marida muy bien con la crueldad propia de la circulación de mensajes en redes sociales. Es una fábrica de memes en tiempo real. Los graphs -esas palabras que aparecen en el zócalo de la pantalla- parecen chistes en sí mismos. Seguramente puedan recordar algunos históricamente conocidos, como “Luisito se robó una milanesa”. Esta temporada, Melina “ama comer y odia el gimnasio” y “Camila es adicta a la manteca”, por ejemplo.

Se podrá refutar que se trata de personas adultas que deciden participar. Sin embargo, ¿cuánta libertad hay en una decisión que parte desde la frustración de ser juzgado a partir de parámetros que te consideran indeseable para la sociedad?

Según los relatos de los personajes del programa, todos deben ser rescatados de un estado en el que no deben estar. El programa les promete que lo mejor está por venir, si cumplen con la dieta.

¿Quiénes son los encargados del rescate? El panel de notables integrado por personas flacas, casi todas de apellido Cormillot. Recordemos que esa familia lucra con la obesidad. Para los Cormillot, la gordura es un negocio. Así como venden el problema, también ofrecen la solución.

Pretender que las personas gordas habiten otros cuerpos para ser validadas es asimilable a desear que no existan, como si eso fuese posible. Se legitima, de esta manera, un sistema de valores claramente eugenésico.

Cuestión de Peso sigue siendo exactamente lo mismo que antes, pese a haber contratado un conductor que rebalsa amor propio y compasión, y que los modales amables de Estefanía Pasquini sean más tolerables que el ejercicio militar que exigía Sergio Verón. Un tenedor libre de crueldad.

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