|  

Un ¿nuevo? estigma

Lautaro Peñaflor Zangara

En Argentina cerca de 140 mil personas viven con VIH. De ellas, aproximadamente un 17% no lo sabe. El porcentaje no es menor y esconde muchos significantes, además del más lineal: la política de testeos podría mejorar.

En realidad, cuando hablamos de VIH no podemos hacerlo sin mencionar su historia social. Paralelamente al crecimiento exponencial que se dio de esta enfermedad décadas atrás, también creció el estigma.

Es que se vinculó a la patología con ciertos grupos poblacionales, de manera poco reflexiva y nada basada en datos. Así, con una impronta marcadamente discriminadora y bien notoria a los ojos de hoy, hablaron de “peste rosa” para cargar contra la población homosexual, travesti y trans.

En cambio, prácticamente no se reparó en que la exclusión genera pobreza, y la pobreza ocasiona dificultades para el acceso al sistema de salud. Sí, también en Argentina. Quizás, entonces, por VIH -como en la generalidad de los casos- ante todo hayan muerto y mueran personas en situaciones de vulnerabilidad.

Sin embargo, tampoco debemos quedarnos anclados en el pasado. Leer el porcentaje de personas que viven con VIH, pero no lo saben agregándole también el número de quienes conocen su condición y no lo expresan públicamente, no hace más que confirmar que ese estigma social tiene consecuencias muy presentes. No quedan sólo en la película Philadelphia y su época.

Recientemente, en 2022, el Congreso aprobó una nueva ley sobre el tema y reconoce, por ejemplo, que los exámenes preocupacionales no deben pedir el test de VIH. También la gratuidad del tratamiento con miras más amplias respecto a las que regían. Puede parecer que son temas ya instalados, pero hace no tantos años a quienes necesitan estos tratamientos les faltaron los fármacos, producto de un marcado ajuste en el área de Salud nacional.

Mientras tanto, otra enfermedad comienza a preocupar al mundo occidental en su nueva configuración a partir de la pandemia de coronavirus: la viruela símica. Empezamos mal. Adjuntamos, antropocéntricamente, el nombre de una patología a la de una especie animal, que sólo es transmisora pero que no la generó. Claro: si es el mono, no fueron las personas. Aunque la expresión cambió hacia una nueva nada ideal, la anterior quedó instalada.

Y seguimos peor. Algunos virales posteriores, reproducidos en medios de comunicación hasta nuestros días, enfatizaron sin ningún rigor que un porcentaje de las personas con viruela símica son hombres que tuvieron prácticas sexuales con otros hombres, imagino, biológicamente entendidos. Aunque la estadística sea cierta, el énfasis habla por sí solo.

¿Qué práctica es exclusiva de hombres cis? ¿Hasta dónde existe un riesgo y en qué punto nace un acto discriminatorio? Lo concreto es que cualquier persona puede contraer esta enfermedad, independientemente de su género u orientación sexual. Se propaga mediante contacto estrecho con otra persona infectada, con sus lesiones en la piel o en las mucosas o con objetos que haya empleado y que la enorme mayoría usa (como ropa, sábanas o toallas). Es prácticamente absurdo refutar esas afirmaciones.

Ambas lecturas sobre el VIH que dieron inicio a esta columna, que nunca cesaron, parecen estar repitiéndose en el caso de la viruela símica: la atención policíaca focalizada en ciertos grupos poblacionales específicos, casualmente, históricamente oprimidos desde el poder; y el estigma de contraer la enfermedad, generando vergüenza e impidiendo la atención a tiempo.

Es imperioso que el diálogo acerca de la viruela símica se construya en otros términos y aprehenda de experiencias anteriores, aunque deviene difícil considerando que lo que sucedía previamente nunca cesó, sino que paradójicamente se volvió más invisible.

Categorías