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Un mundo feliz

Lautaro Peñaflor Zangara

En Un mundo feliz, el escritor Aldoux Huxley imagina una sociedad futura en la cual las emociones pueden ser gestionadas por medio de una droga llamada “soma”. Ante cualquier sensación negativa o disruptiva, se regula la dosificación del soma, cuyo consumo está absolutamente naturalizado. En su creación, todos los personajes son permanente y estandarizadamente felices.

La novela de Huxley fue publicada por primera vez en 1932. Es una distopía que critica, entre otras cosas, la forma en la que se desarrollaba la sociedad. Si quitamos el elemento futuro y reemplazamos al soma, los puntos de analogía con la actualidad pueden ser varios.

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA (Universidad Católica Argentina) difundió recientemente un estudio sobre el bienestar subjetivo de los habitantes de zonas urbanas de Argentina. Plantean que, a partir de la pandemia de coronavirus, se deterioraron los indicadores de los ciudadanos de nuestro país.

Incluso, expresan que el año pasado fue el peor en términos de salud mental y emocional desde 2010, con altos niveles de malestar psicológico, infelicidad y aislamiento social. Entre la sintomatología que describen como la más frecuente aparecen dos conocidos: ansiedad y depresión.

Asimismo, cuentan que, aunque no se reflejen en una patología o un trastorno concreto, estos síntomas están incorporados a nuestras vidas cotidianas. Definen que se trata de una capacidad emocional que influye en la manera de enfrentar las actividades diarias.

El relevamiento afirma que es notorio lo que llaman el “sentimiento de infelicidad”, variable que refleja el estado de bienestar personal y satisfacción con la propia vida. También que, a mayor nivel de vulnerabilidad social, económica y laboral, aumentan las probabilidades de ocurrencia de los fenómenos descriptos.

En este punto debemos detenernos, pues la pandemia nos enfrenta a una experiencia dolorosa desde el punto de vista individual y colectivo. No obstante, más allá de lo sanitario y una vez finalizados los esquemas de aislamiento estricto obligatorio, el contexto también se volvió adverso, sobre todo, desde el punto de vista económico: un escenario recesivo, alta inflación, panorama desfavorable en materia de empleo, pérdida de ingresos y menores niveles de consumo.

Entonces, ante narrativas que con mucha fuerza plantean que la felicidad depende del esfuerzo personal, no resulta ilógico que sobrevengan sentimientos de frustración o de fracaso. Si sumamos al escenario la existencia del desastre climático, el descreimiento en los gobiernos o las instituciones y un capitalismo de corporaciones avasallante, evidentemente el aspecto contextual debe sumar algunos puntos en esta generalización del malestar subjetivo.

Volvamos al soma de Aldous Huxley. A partir de la pandemia también se registró un aumento en el consumo de psicofármacos, según datos de la Confederación Farmacéutica Argentina. Se cuantifica oficialmente en un 25% y la tendencia es creciente. Puntualmente, aumentó la venta de medicamentos que se indican bajo prescripción médica para personas con síntomas de ansiedad, tensión, depresión, nerviosismo, agitación o dificultades para dormir.

Evidentemente a un número considerable de personas el presente no les resulta estimulante. A su vez, la forma paliativa que se propone es un bienestar medicado. Una felicidad artificial, inhibitoria de las emociones que nos molestan. Huxley escribe, justamente, sobre una sociedad mecanizada, en la cual los individuos creen ser libres, pero están determinados por el poder. Una situación con las dimensiones que estamos describiendo no se puede ignorar, así como tampoco debe quedar librada a que cada individuo cuente con una red de apoyo familiar o por afinidad.

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