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Un legado infinito

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El 23 de octubre falleció a los 64 años Mario Juliano, juez penal de Necochea. En los días previos a su muerte, encabezaba una travesía solidaria en bicicleta para recaudar fondos y ayudar a una familia sin techo a poder acceder a una vivienda. Esta acción lo describe y explica el sentido de dedicarle este espacio.

Inspirador, motivador, ejemplo, “un distinto”. Estas fueron algunas de las expresiones que surgieron en las decenas de mensajes que personas, medios de comunicación y organizaciones le dedicaron al conocer la noticia.

Juliano supo utilizar la extraña vidriera que le daba ser juez para visibilizar sus posturas, algunas leídas como polémicas, pero siempre propositivas de discusiones superadoras. Si su nombre no resulta conocido, quizás sí algunos de los epítetos que encarnó, tales como “el juez a favor del cannabis” o “el magistrado que apoya los celulares en las cárceles”.

Es que, precisamente, se manifestó personal y jurídicamente a favor de la despenalización del cultivo de marihuana, comentando públicamente que una de sus hijas es activista cannábica. También sentó posición a favor de que las personas privadas de su libertad ambulatoria puedan disponer de teléfonos móviles.

Planteaba que la comunicación es un derecho de los internos; que no puede eludirse el dato de que más de la mitad de los presos tienen celulares de manera clandestina; y que su tenencia no está especificada como un castigo en la ley de ejecución penal.

En este sentido, fue un pensador de otros sistemas carcelarios. Viajó con frecuencia y difundió en nuestro país el modelo de la cárcel uruguaya de Punta de Rieles: una prisión que funciona como una suerte de barrio, en la que los internos tienen oficios o emprendimientos y cuyas autoridades no son estrictamente policías.

El último verano también falló a favor de un grupo de turistas mujeres que tomaban sol en la playa sin la parte superior de la malla. Increíble pero real: un juez tuvo que resolver esa situación. Y fue él. Estaba a favor de los juicios por jurados, sosteniendo que las personas “de a pie” son más solidarias, sensibles y comprometidas que los jueces profesionales. También criticó el intrincado lenguaje judicial, que lo vuelve incomprensible para la generalidad de las personas.

En este punto, quizás, encontramos una de las ideas que atravesó su accionar, su militancia y su activismo:

Según una encuesta difundida por la UCA, sólo un 7% de los argentinos confía en el Poder Judicial. Es la menor cifra entre los tres poderes del Estado. Este dato enmarca la acción de Juliano: creía en la justicia, la conceptualizaba y la materializaba, mientras criticaba el poder que anida en su seno. Se refería al ejercicio del poder como “una enfermedad” a la que la cultura de la abogacía es propensa.

“Desde esta plataforma del saber supuestamente ilustrado se desprende un proceder un tanto elitista para el ejercicio de la profesión. Una superioridad que se expresa de diversas maneras, simbólicas y gestuales. La dificultad para escuchar al resto de las personas, la tendencia gregaria y endogámica, la propensión a seguir a la manada, la resistencia a los cambios, la defensa de un cierto status quo y muchos otros etcéteras que nos caracterizan como especie”, criticaba el juez respecto al modo en que se ejerce la abogacía y el estereotipo de abogados y jueces. Quizás, a partir de su modo de pensar, puede quedar algún atisbo de una justicia menos corporativa y menos cruel, que sí aporte a la convivencia.

La Asociación Pensamiento Penal, de la que Juliano fue fundador, lo despidió en redes sociales con su foto, acompañada de la fecha de la desaparición física y el signo infinito: la temporalidad que corresponde a las personas que dejan un legado tan robusto como el suyo. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000).

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