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Un legado impopular

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El domingo 14 de febrero falleció Carlos Saúl Menem. Presidente dos veces, elegido en votaciones populares, hombre con gran vocación de poder y de considerable carisma. Fue el segundo titular del Ejecutivo desde el retorno de la democracia y ejerció el poder durante diez años.

Es que, aunque cuando fue elegido por primera vez el mandato era de seis años sin reelección, la reforma constitucional de 1994 redujo el período presidencial a cuatro con la posibilidad de acceder a ser reelecto. Fue su caso.

“Los 90” quedaron en el imaginario como una época marcada por la frivolidad, la negación de lo político como un asunto colectivo y la instauración de una serie de medidas impopulares, paradójicamente, pese a la popularidad del riojano.

Carlos Saúl Menem, debemos mencionar, fue también un tomador de las condiciones que el contexto imponía: un capitalismo revitalizado después de la caída del Muro de Berlín y liderazgos políticos que avanzaban en ese sentido, que gozaba de gran salud. No lo dispensa, pero sí lo explica.

Visto a la lejanía, podemos concluir que las presidencias de Menem hicieron confluir el poder económico con un poder político desinteresado en las construcciones colectivas, que avanzaban por carriles completamente laterales.

Es que no había grandes oposiciones a lo que proponía: su partido, por tradición quizás, mayoritariamente acompañó al líder; la UCR demasiado tenía con el fin anticipado del gobierno de Alfonsín; y los poderes fácticos veían con buenos ojos lo que sucedía.

Las resistencias fueron populares y atomizadas. Voces casi marginales en su época, muchas de ellas reivindicadas con el pasar de los años. Precisamente este entramado de organizaciones resistentes puede ser uno de los mejores legados indirectos del menemismo: la construcción de micropolíticas desde abajo, horizontales.

Si hablamos de hechos trascendentes durante su presidencia, la herencia también es profundamente impopular. Firmó los indultos a genocidas de la última dictadura. Motorizó medidas de flexibilización laboral que erosionaron los derechos de las mayorías trabajadoras.

Después de unos primeros meses de mandato con altísima inflación, llegaron la convertibilidad y el plan de privatizaciones. En el primer caso, la ficción de que cada peso valía un dólar generó cierto alivio momentáneo, pero fue una bomba que explotó después (y no en sus manos). El efímero bienestar se fue transformando en miles y miles de excluidos y marginados. Mientras tanto, pizza con champagne.

Se privatizaron las empresas de servicios públicos, con un relato vinculado con la ineficacia y las malas prestaciones. También los canales de televisión, Aerolíneas Argentinas y el petróleo nacional. Incluso las jubilaciones, con las tristemente célebres AFJP. Muchos recordarán a una Norma Plá icónica de la época.

Probablemente los más terribles sucesos fueron los atentados a la AMIA y la Embajada de Israel, heridas aún abiertas. También la voladura de Río Tercero, para encubrir delitos económicos. Esta ciudad no adhirió al duelo nacional por su muerte. En el transcurso de su presidencia murió uno de sus hijos, hecho jamás esclarecido y respecto al cual hay múltiples teorías.

¿Algo positivo? Menem eliminó el Servicio Militar Obligatorio, como reacción frente al asesinato del soldado Omar Carrasco.

En 1999 casi medio país votó a Fernando De la Rúa y su antecesor generó una transición institucional prolija. Crisis del 2001 mediante, el riojano intentó sin éxito volver a la presidencia en 2003. Desde entonces, se refugió en el Senado de la Nación, ocupando una banca hasta el día de su muerte.

Cuando hablamos de memoria también nos referimos a los períodos democráticos, máxime, cuando todavía hoy podemos observar las consecuencias de una época signada por un líder carismático, paradójicamente, profundamente impopular. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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