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¿Un desliz discursivo?

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Las y los docentes “son personas cada vez más grandes de edad, que eligen la carrera como tercera o cuarta opción luego de haber fracasado en otras carreras” y quienes optan por ella “son de los sectores cada vez más bajos socioeconómicos”.

Si tuviésemos que jugar a acertar a quién corresponden estas declaraciones, nadie arriesgaría por una ministra de Educación. Sin embargo fue, precisamente, la titular de la cartera educativa porteña, Soledad Acuña, quien volcó estos conceptos.

La ministra también mencionó que muchos son cercanos a ideas de izquierda y que “bajan línea a los alumnos”. Una extraña estrategia a la hora de caracterizar a las personas que, desde la praxis, constituyen el núcleo del área a su cargo.

Sus palabras no resisten análisis. Aunque diga escudarse en encuestas, no resulta claro qué estudio puede hablar de “fracaso” o de “bajar línea”. En sus declaraciones hay, indudablemente, deslegitimación y desprestigio.

Expresiones como éstas suelen ser bondadosamente caracterizadas como “exabruptos” o “deslices”. ¿Fue un simple desliz discursivo? Consideremos algunas cuestiones.

No es la primera vez que alguien del espacio de Acuña, el PRO, habla en estos términos de los docentes. Citando un ejemplo, en 2017 la exgobernadora, María Eugenia Vidal, dijo que convocaría voluntarios para reemplazar a maestros que hacían paro. También manifestó que nadie que nace en la pobreza llega a la universidad. Con Acuña comparten, además, su proveniencia política de la Fundación Sophia, entidad que al describir su propuesta educativa, lo hace con jerga empresarial y cristiana.

Más que un comentario desafortunado, la ministra porteña expuso una forma de concebir la educación, desde la cual deciden las políticas públicas que se implementan. Es decir, una postura ideológica. Por lo tanto, discutible y oponible a otros modelos. 

Por esa razón, incluso intentando pensar desde la lectura empresarial que el partido de gobierno de la Ciudad tiene de lo público, resulta difícil imaginar que -siempre según su lógica- un CEO hable así abiertamente de sus empleados. Esa es la relación que plantean: el jefe malo, exigente, y los empleados holgazanes que no se adaptan, volviéndose ineficaces, entonces hay que “encarrilarlos”.

En otro orden, es inexplicable la contradicción de pretender que en las escuelas haya pensamiento crítico, pero no exista en ellas contenido ideologizado. ¿Qué escapa de la ideología? ¿Sarmiento no es, acaso, contenido político ideologizado? ¿Izar una bandera no lo es? ¿Nada de lo que sucede en las escuelas puede discutirse?

La escuela que Soledad Acuña propone también bajar línea, aunque se ampare en una aparente e inexistente neutralidad. Ese modelo institucional se vincula con el siglo XX, la época de oro de las fábricas y las autoridades indiscutibles. También parte de una manera de concebir el mundo, es decir, también es parcial y también baja línea.

En todo caso, sobre todo post-pandemia, deberá discutirse cuánto del sistema educativo está obsoleto y evaluar la posibilidad o conveniencia de reconvertirlo. Lamento comunicar que las comunidades educativas todas (incluidos docentes, incluidos alumnos) deben ser parte de esa discusión, que no es vertical y que no atañe sólo a gobernantes.

La ministra seguramente responderá, como es habitual en el gobierno al que pertenece, con una frase probada en múltiples focus groups, similar a un slogan pensado para atrapar clientes. Saldrán a respaldarla, asegurando que admira a las y los docentes. Sin embargo, una vez más, se demostró que la violencia puede estar presente aunque se la articule en tono apacible y con los mejores modos. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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