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Sin retorno

Por Maia Franceschelli

Desde hace tiempo venimos mencionando los daños colaterales que sufre el ambiente -y con él los seres humanos- por la utilización masiva de agroquímicos en los cultivos. Hemos pregonado la necesidad urgente de que se produzcan cambios al respecto, tanto individual, estatal, como empresarialmente.

Hace unos días se dio a conocer, aunque con escasa difusión, el trabajo realizado por jóvenes egresados de la Escuela de Educación Secundaria Técnica 2 “Felipe Senillosa” de la ciudad de Tandil.

Estos emprendedores fabricaron un fertilizante ecológico natural basado en el fermento de bosta y orín de vacas, que luego de un complejo proceso químico se convierte en un fertilizante que contiene todas las propiedades que los suelos de la Pampa Húmeda requieren.

Es natural y ecológico, porque para su creación no recurren a elementos derivados del petróleo que dañan el planeta y por ello resulta inocuo para la tierra, las plantas, frutos y las personas, no generando efectos secundarios ni contaminación.

Junto con estos pesticidas naturales, ya se utilizan otras alternativas ecológicas -aunque no nuevas-, como el método de las llamadas “plantas de distracción”. Un ejemplo de ello se lleva a cabo en Alemania, en las zonas de cultivo de algodón. Con esta técnica se colocan plantas que atraen a los insectos y en consecuencia se protegen los cultivos.

De igual forma, se realizan cercos en las huertas comunitarias, con distintas variedades de flores y/o hierbas aromáticas cumpliendo igual función.

Por su parte, la renombrada empresa Bayer, debido al aumento de las críticas en la opinión pública y en un intento por limpiar la imagen de su compañera Monsanto, ha estado invirtiendo en investigación y desarrollo de pesticidas biológicos. Además, ahora se presenta como impulsora de métodos de cultivos ecológicos.

Si bien estos nuevos cambios en la agricultura suponen un reemplazo para que la naturaleza ya no se vea dañada por los tóxicos, lamentablemente estamos lejos de eso.

Científicos del EMISA (El Espacio Multidisciplinario de Interacción Socio Ambiental) de la Universidad de La Plata señalaron que, luego de realizar un estudio en la vecina localidad de Coronel Suárez, hallaron presencia de glifosato en el agua de lluvia. A menos de 100 kilómetros de acá.

Sin embargo esto no es novedad alguna. Ya a mediados del año 2018, el CONICET y el CIMA (Centro de Investigaciones del Medioambiente, también de la Universidad Nacional de La Plata) habían detectado la presencia de glifosato y atrazina -otro de los plaguicidas que domina el mercado argentino- en el 80% de las muestras de agua de lluvia del área de estudio comprendida por Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y Córdoba.

Lo único rescatable de ambas investigaciones, es que el glifosato todavía no ha sido detectado en las aguas de las napas subterráneas. No obstante, sostienen que debido a las cantidades que se siguen aplicando no se descarta que pronto aparezca.

Ya permitimos que los químicos lleguen al agua que nos cae del cielo. ¿Vamos a permitir también que lleguen hasta el agua que utilizamos y muchos de nosotros bebemos? (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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