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Rodolfo Pichón Gómez y una historia que recorre varias localidades dejando enormes marcas

María es la hija mayor de Rodolfo Pedro Gómez Fernández. Nacida en Carhué, provincia de Buenos Aires, repasa la historia de su padre, un artista que dejó imborrable huella en nuestro patrimonio cultural.

Muchas de nuestras historias comienzan en un terreno, o entre algunas paredes sueltas, o repartidas bajo varios techos. Algunas involucran a más de una familia y a varias generaciones. Hoy vamos a tirar del hilo de otro ovillo, para desandar un relato que involucra varias casas y un solo apellido.

Estamos en una terraza elevada sobre la cantera, observando de lejos casi todo el casco céntrico de San Martín de los Andes. Hay un sol espléndido y María del Luján Gómez acerca unas sillas y unas mesitas para que podamos conversar al aire libre. “La chica quiere ver el pueblo”, le dice Eduardo Ubaldini a su mujer, avisando que me abre la puerta. Yo pienso en todas las implicancias de esa frase y le doy la razón.

María es la hija mayor de Rodolfo Pedro Gómez Fernández, el artista que creó, entre otras muchas obras, la escultura de los tres ciervos que hoy en día se encuentra emplazada en la costanera del Lago Lácar. Nacida en Carhué, provincia de Buenos Aires, la familia se mudó muchas veces antes de llegar a la Patagonia, siguiendo los designios que el destino tenía preparado para el creador.

“Cuando yo nací, mi papá trabajaba en la municipalidad de Carhué, pero al poco tiempo nos mudamos a Monte Hermoso, donde empezó a desempeñarse como fotógrafo. Se puso el nombre de “Foto mago” y recorría la playa con un perro Collie para que la gente se sacara fotos con él. Fue el primer fotógrafo de ese pueblo. Durante el verano vivíamos ahí y en invierno en Coronel Dorrego. Nos mudábamos según las necesidades de nuestra escolaridad”, empieza a relatar María del Luján.

Al tiempo la familia se trasladó a Bahía Blanca, donde se establecieron Rodolfo y su mujer María Elsa Agustina Pirosanto. Allí María del Lujan cursó la secundaría y se recibió de maestra. “Primero me había ido yo sola, a los 13 años, a estudiar en la escuela de artes visuales. Después me cambiaron de colegio. Fue en ese tiempo en que papá empezó su etapa de producción audiovisual, con su máquina de proyección, en Neuquén. En 1965 conoció San Martín y se empezó a relacionar con pobladores locales, como el gallego Gonzáles y Tuco Creide”.

“Siempre que venía, papá paraba en el hostal de la familia Reviriego. Carolina llevaba la hostería y el marido trabajaba en la carnicería de Yamil Obeid. Más tarde empezamos a venir en familia, con una casilla rodante”, cuenta María, quién a los 19 años decidió quedarse a vivir acá con su primer marido, Mario Larobina. Al principio vivieron en la hostería y luego se mudaron a una casita en la esquina de Mascardi y Roca, en la esquina donde ahora está la Biblioteca 9 de Julio. “Esa casa le pertenecía a la Cruz Roja y nos la prestaron porque Mario era bioquímico”.

“Después vinieron los años 70, “la primavera camporista», le decían. La cercanía con Chile traía la música de Violeta Parra, junto con Mercedes Sosa y César Isela. Yo tenía 23 años y tocaba la guitarra con el Chango Soria cuando él era director de la Escuela 5 y yo maestra. Íbamos a peñas en el Pino Azul”, cuenta María. 

Por esos mismos años pasaron muchas cosas. Ella conoció a su actual marido, Eduardo, con quien dentro de tres años cumplirán 50 años de casados. Rodolfo Pichón Gómez, por su parte, venía de visita en temporada y le propuso a su grupo de amigos hacer el monumento de los ciervos. “Como le dijeron que no había plata les dijo que le pagaran cuando pudieran. Nunca le interesó el dinero. Era un artista. Empezó a construirla en un galpón de la casa de Reviriego, que se comunicaba por un patio con la casa de Rebolledo, donde estábamos viviendo nosotros”.

Pichón Gómez tardó más de un año en terminar las esculturas. Trabajaba con resina poliéster, estructura de alambre y plástico reforzado, que teñía de colores para que no se necesitara pintar encima. Una vez terminada, se colocó en la esquina de la YPF de González, que era la antigua entrada al pueblo. “Le hicieron un montículo y los turistas paraban para sacarse fotos con ella. Era la novedad, pero a medida que empezó a venir cada vez más gente se puso peligroso que se bajaran de los autos para la foto. Por eso la trasladaron a la costanera. Es una lástima como está ahora, no tiene mantenimiento”.

Después de realizar esa escultura, a Pichón lo contactaron de Zapala. Hizo retratos para los hermanos Sapag y un busto del General Perón para la Legislatura del Neuquén. “Trabajaba en sus retratos y murales con aerógrafos. Hizo la escultura de los bueyes que está a la entrada de Zapala, un monumento a Nicolás Levalle en Carhué, una estatua de Don Quijote y Sancho Panza para Puerto Madryn y una última escultura en Coronel Suárez. En Dorrego fue maestro de dibujo en secundaria y de Julio Celave. Falleció en 1986, a los 66 años”. Estaba muy enfermo. Padecía una enfermedad degenerativa neuronal, según sospecha María, a causa de los aerógrafos y los plásticos que inhalaba en su trabajo. 

Volviendo un poquito hacia atrás para terminar con otra historia, en 1974 el intendente Miret le propone a María ser concejal, pero como aún era muy jóven terminó desempeñándose en la Dirección de Cultura, donde conoció a Eduardo, un agrimensor que formaba parte del grupo de teatro alternativo ANTA. “Ahí nació el amor”, le pregunto, y ella se ríe, pero asiente. 

Empezaron a vivir juntos en el antiguo Tiro Federal, en una cabaña rodeada de campo, donde solo había un manzano, en la intersección de las calles Drury y Weber. “La cabaña sigue estando. No sé como quedó atrapada entre tantas construcciones”. Sin embargo, en 1978 la situación política del país estaba cada vez más complicada, y en el pueblo la pareja sufrió persecuciones, allanamientos y detenciones. Fue así que en 1980 debieron exiliarse a México, donde pasaron 36 años. Hace algunos años decidieron regresar a su país, al pueblo, y gracias a eso pude escuchar su historia.

Las vueltas de la vida son tantas que a uno más de una vez lo marean. Sin embargo, las creaciones que vamos dejando a nuestro paso sobreviven al tiempo y a la memoria. En esta historia hay muchas casas y también muchas obras de arte. Hay resiliencia, emprendedurismo, bohemia y resistencia. Esa forma también tiene la vida, entre tantas otras. (Realidad Sanmartinense)

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