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¿Responsabilidad individual?

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Jean-Jacques Rousseau, clásico pensador político pero también botánico y naturalista, planteaba respecto a las sociedades, que la voluntad general no debe confundirse con las voluntades individuales que la conforman. Solía definir a la primera como el aroma de un jardín, que no puede lograrse simplemente sumando el aroma de cada una de las flores que lo integran.

Ningún hecho en la historia contemporánea nos demostró, como sí lo hizo la pandemia de coronavirus, el impacto de nuestras acciones sobre los demás; y de los actos de los otros respecto a nosotros. En este sentido, el razonamiento del primer párrafo se vuelve completamente aplicable al momento actual.

No obstante, de un tiempo a esta parte los discursos públicos se centraron en el concepto de “responsabilidad individual”, formulación que deja afuera mucho de lo que somos. Y somos gregarios, vivimos en sociedad. Eso debería ser inexcusable a la hora de pensarnos.

No somos autótrofos, no vivimos sólo de nosotros mismos, como sí lo hacen otras formas de vida, como la vegetal. Tampoco planteamos nuestra vida en soledad, como sí sucedió en otros momentos y como aún sucede en expresiones minoritarias en la actualidad.

¿Por qué, entonces, penetra ese mensaje? ¿Por qué no se basan las campañas oficiales en planteos comunitarios y no individualistas? No somos la suma algebraica de uno más otro que propone la línea anterior. Precisamente, lo comunitario reconoce que existen asuntos que atañen a la comunidad, integrando a todas las personas, pero excediéndolas a la vez, tal y como formula Rousseau respecto al aroma del jardín. ¿Qué mejor ejemplo de esto que una pandemia muy contagiosa? Es, o debería ser, una preocupación del conjunto.

Es ese, quizás, un punto en el que estamos fallando. Nos falta práctica comunitaria. La responsabilidad individual implica pensar desde uno y para uno. No solemos pensarnos como parte de un todo y, en contrario, nos sobra individualismo. Lo tenemos incorporado.

Discursos de esta índole hay muchos. La meritocracia es individualista: sólo de vos y de tu esfuerzo depende lo que serás. No hay contextos, circunstancias ni oportunidades. Para esta manera de entender las cosas, las personas no partimos de distintas bases ni tenemos diferentes trayectorias de vida.

Otro ejemplo es el “amor propio”, para el cual sólo basta con quererte a vos mismo, sin importar cómo se da la interacción con el medio social, por ejemplo, para una persona con discapacidad o una persona transgénero.

Se trata de axiomas capitalistas que buscan borrar todo tipo de conciencia comunitaria.  Precisamente, retomando el tema de la pandemia, quedó marcado el límite de tolerancia de los poderes económicos a la hora de plantear posibles medidas de prevención en la que sean ellos los que tengan que resignar parte de sus ganancias, y no las personas que trabajan poner en riesgo su salud y su vida.

Sin pretender realizar juicios de valoración sobre el detenimiento de la economía, lo cierto es que esas presiones existieron y que en ese momento el discurso sobre la responsabilidad pasó a ser individual, en pos de volver a una “nueva normalidad” con protocolos, pero que no cuestione ningún extremo de lo que nos trajo hasta aquí.

La “responsabilidad individual” omite cada extremo del plano comunitario. De una manera paradójicamente simbólica, nos desenvolvemos como en una burbuja. El peor aislamiento no tiene que ver con evitar contagios. Que, por una cuestión preventiva, nos separen físicamente dos metros de los demás, resulta sumamente gráfico de cómo extraviamos la capacidad de proyectarnos como parte de un todo. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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