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Racismo en el más acá

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El pasado 25 de mayo un policía blanco asesinó a George Floyd, en Minneapolis, Minesota, Estados Unidos. La difusión del video puso en evidencia una realidad tan innegable como muchas veces silenciada, generando protestas sociales y discusiones en torno a la violencia racista que los cuerpos negros sufren en Norteamérica.

“Black lives matter”, las vidas negras importan, se convirtió en el mensaje central. Fue mucha la adhesión en todas las latitudes y también en Argentina, donde el racismo también está a la orden del día.

¿Generó un cambio de conciencia? En tiempos de capitalismo, las consignas sociales tampoco escapan a las reglas de la publicidad. El mensaje se volvió meramente estético, sin mayor robustez en el planteo. De hecho, las vidas negras que importan no parecen ser las que tenemos al lado, sino las que reclaman en idioma extranjero y a través de las fotos de perfil.

Pocos días después, en el más acá, específicamente en Fontana, Chaco, se conocieron imágenes de una brutal agresión que sufrió una comunidad QOM. Denunciaron golpes, amenazas con armas, represión, torturas e incluso abusos sexuales por parte de la policía.

Los videos, difundidos por Revista Cítrica, son igual de elocuentes e impactantes que el material al que hacíamos referencia anteriormente. No obstante, a pesar de la cercanía, la reacción no fue comparable. No hubo hashtags, fotos de perfil ni campañas. Mucho menos protestas.

En una Argentina que fue concebida deliberadamente eurocéntrica como parte de un proyecto político que nunca se desactivó, a los pueblos originarios y su subjetividad se los construye como delincuentes, terroristas, vagos, insurrectos o conflictivos. Estas ideas, instaladas en el sentido común, son una forma intencionada de legitimar y habilitar las peores prácticas sin que generen la misma repercusión que, si suceden en el hemisferio norte, sí parecen generar. Asimismo, reducen a cero los análisis de por qué razones se les criminaliza y persigue.

En el más acá, donde el racismo también es experimentado por cuerpos indios, negros o migrantes, por ejemplo, la difusión nacional de los videos generó que el presidente publicara un mensaje en Twitter expresando que “las imágenes de violencia institucional que hemos visto son inaceptables”. ¿Y los hechos?

En Chaco los policías fueron apartados. Incluso en la expresión aludida por Alberto Fernández, “violencia institucional” (eufemismo estético de “represión”), puede notarse que el problema trasciende la individualidad de un puñado de efectivos. Afirmar que se trata de una “deuda de la democracia” se torna insuficiente si no se materializa en hechos concretos que cambien el rumbo.

Si inclusive el presidente acepta esta realidad, ¿qué garantías existen de que un juicio a los efectivos, en el marco de las mismas instituciones que son señaladas, pueda implicar un cambio? Incluso el acceso al poder judicial tiene claras barreras para los pueblos originarios, al no cristalizarse el derecho al respeto de su lengua, en muchas ocasiones, la única que hablan. La justicia también es parte de ese conglomerado de organismos que se concibió a partir de un color: el blanco.

“En casi todos los hogares indígenas hay un muerto por las fuerzas represivas del Estado”, relata Moira Millán, coordinadora del Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir, en  una nota publicada por Agencia Presentes respecto al caso de Fontana. Cuenta, también, que el abuso sexual de blancos a niñas originarias se llama “chineo”. Y que hay una campaña para que deje de existir. Esta porción de la realidad no forma parte del recorte que solemos mirar.

Aunque no nos escandalice ni nos interpele, en el más acá el racismo también está a la orden del día. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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