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Precios cuidados, ¿consumos descuidados?

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El lanzamiento de una nueva edición del programa “Precios Cuidados” despertó una serie de debates, respecto a los productos que se incluyen en la lista y las características de los mismos. Particularmente, algunos sectores advirtieron la presencia de vinos, cervezas y bebidas azucaradas entre los precios referenciados.

Es cierto: según la Organización Mundial de la Salud, Argentina consume el triple de azúcares que lo recomendado y ese es un aspecto que, quizás, quienes diseñan políticas públicas deberían tener en cuenta.

No obstante, Precios Cuidados tiene como objetivo “contener los aumentos de precios de la canasta básica alimentaria”. Para ello busca marcar precios de referencia. Esto explica la presencia de la gaseosa más icónica en el listado, y no así su versión light.

Si la bebida más consumida es la presentación tradicional, de nada serviría incluir otras opciones, pues la función del programa no estaría cumplida. Por el contrario, si se incluyeran, Precios Cuidados terminaría funcionando como una suerte de plataforma para que la línea de gaseosas posicione en el mercado productos que, de otra manera, no vendería. Algo así sucedió años atrás.

Otros planes sí buscan explícitamente la calidad nutricional. Es el caso de “Argentina contra el hambre” que aspira a “garantizar el derecho a la alimentación, para que puedan acceder a una canasta de calidad, que incluya lácteos, verduras, frutas, carne y otro tipo de alimentos frescos”.

En este caso serían más razonables los cuestionamientos alrededor de qué tipos de alimentos permiten comprar.

Aún así, podemos hacernos algunas preguntas. En principio, si todos los alimentos no observados reúnen condiciones nutricionales y saludables. La respuesta es no. Los supermercados están invadidos absoluta y peligrosamente por marcas que se rigen por reglas de marketing y ofrecen alimentos ultraprocesados.

De esta manera, cuando en la etiqueta de un producto aparece, por ejemplo, una fruta o un vegetal, el contenido del mismo suelen ser aditivos y conservantes, presentando en ínfimas cantidades lo que el rótulo indica. Estos consumos, por dentro o por fuera de los planes de los distintos gobiernos, también son dañinos y están poco cuestionados.

Por razones coyunturales, en este momento las bebidas azucaradas están siendo discutidas y no así todos los otros alimentos deficitarios desde el punto de vista de los nutrientes.

Quizás, entonces, deberíamos pensar qué es verdaderamente lo que molesta. Como sostuvimos anteriormente en este espacio, entre las visiones que propone el sentido común sobre la pobreza está aquella que exige sacrificios y esfuerzos. En este caso, se les exige consumir alimentos saludables. No obstante, ¿quién puede garantizar que sólo las personas con menos ingresos consumen azúcares? Esos consumos son transversales a toda la sociedad. ¿Molesta, entonces que no se coma saludable? ¿O que alguien que debe acudir a un programa estatal consuma la misma gaseosa que quienes no?

La calidad nutricional de los alimentos en nuestro país queda en un segundo plano respecto a la obtención de ganancias de las grandes marcas y esta es una cuestión que el programa Precios Cuidados no va a solucionar, porque lo excede por completo.

Las vías para atacar esta problemática son diversas, exigen voluntad política y tener la habilidad de no perjudicar, por ejemplo, a las economías regionales. Gravar con impuestos, entre otros alimentos, a las bebidas azucaradas; regular la publicidad; fomentar el etiquetado visible y cuestionar la venta de determinados alimentos en ciertos lugares son algunas de las propuestas que han dado resultados positivos en otros lugares del mundo.

Aun así, el cambio más importante -una vez más- es cultural. (Nota de opinión de Lautaro Peñaflor Zangara para CAMBIO 2000)

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