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Peligro invisible

Por Maia Franceschelli

Entre las múltiples sustancias dañinas a las que estamos expuestos cotidianamente, existe una particularmente nociva y que ha sido utilizada por mucho tiempo, incluso luego de saberse sus consecuencias.

El asbesto, también conocido como amianto, es una fibra mineral natural que por sus características tecnológicas excepcionales se utilizó y utiliza en múltiples aplicaciones en construcción, industria y productos de gran consumo. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), hoy en día es una de las 10 sustancias químicas que constituyen una gran preocupación para la salud pública.

Siendo muy utilizado en la década de los ‘90, en Argentina está prohibido desde 2001, luego de conocerse sus efectos cancerígenos y respiratorios, con consecuencias que tardan años en manifestarse -entre 30 y 40- por lo que muchos desconocen que ésta sustancia es el verdadero causante de sus afecciones. En el campo legal, a pesar de su prohibición, no se regula.

El asbesto se ha utilizado en una amplia gama de industrias y procesos industriales entre las que se cuentan la automotriz, náutica, aeronáutica y ferroviaria, tanto en el rubro de fricción (frenos y embragues) como en el de juntas.

También en la industria del fibrocemento, especialmente la dedicada a la producción de chapas, tejas, caños y tanques de agua, la del petróleo y petroquímica, la de la electricidad y de los electrodomésticos, del caucho, del acero, del papel, plástico, textil, farmacéutica, tabacalera y de la alimentación entre otras.

En los años 60 existían cinco áreas de producción minera registrada en el rubro amianto, ubicadas en las provincias de Catamarca, La Rioja, San Juan, Córdoba y Mendoza. Es importante mencionar también su importación, siempre realizada bajo distintos nombres comerciales que no indicaban la verdadera naturaleza de la materia o sus riesgos profesionales y ambientales.

Su alta toxicidad reside en la fibra, compuesta por fibrillas que pueden separarse con facilidad en piezas cada vez más finas hasta llegar a tamaños microscópicos: billones de ellas pueden estar en el ambiente y ser transportadas por corrientes de aire hasta distancias considerables.

Estudios que ya se realizaban en la década del 60 de causa-efecto lo describían como un agente de riesgo, tanto en el ambiente ocupacional como en el ambiente exterior. En 1995 se concluyó que los trabajadores expuestos a este material presentaban un riesgo diez veces mayor de contraer cáncer.

Hace pocos días se dieron a conocer once casos de operarios que trabajan en las líneas subterráneas ubicadas en Capital Federal afectados debido a la inhalación de fibras de amianto. La empresa concesionaria responsable del servicio -Metrovías- reconoció a través de un comunicado interno la situación, mencionando además que son varias las líneas comprometidas.

En principio se formó una comisión de trabajo para establecer un cronograma para la eliminación de este mineral que lastima los pulmones y causa cáncer, habrá que ver si es conducente a alguna solución mejor. Pero el daño ya está hecho, y no solo en los subtes: este material se encuentra disperso y camuflado en las construcciones que nos rodean.

¿Será posible avanzar contra esta problemática que nos aqueja silenciosamente? Teniendo en cuenta el contexto socioeconómico que atraviesa nuestro país, ésta cuestión parece invisible. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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