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No salimos mejores

Por Lautaro Peñaflor Zangara para CAMBIO 2000

La escalada de casos de coronavirus que atraviesa nuestro país hizo que, en varias oportunidades, Argentina superara los cien mil casos diarios. Para dimensionar la cifra, hace un par de meses se contabilizaban unos dos mil.

A partir de allí, y como ya enseñó esta pandemia que podría suceder, las reglas del juego volvieron a cambiar. Con la confianza en la vacunación como arma y la ampliación de los operativos de testeo como novedad, la tercera ola llega con la imposibilidad de plantear esquemas de aislamientos globales como los que ocurrieron en 2020. La situación social y económica, además, hace que resulte razonable postergar los cuidados por salir a trabajar como primera prioridad.

Los especialistas remarcan que, si se informan 110 mil casos diarios con una positividad del 59%, en realidad estamos siendo conscientes de un quinto de los contagios. También es un dato concreto que en este momento los mismos implican, en su mayoría, cuadros más leves. Y, comparado con olas anteriores, los fallecidos en esta etapa son proporcionalmente muchos menos, gracias a la vacunación. Al menos todavía.

No obstante, aún existe una considerable parte de la población para quienes exponerse al virus representa un riesgo vital concreto e innegable: adultos mayores, personas con enfermedades autoinmunes o con discapacidad, presos o detenidos, etcétera.

A diario convivimos con expresiones, que incluso suelen aparecer en boca de prestigiosos profesionales, narrando como un dato alentador que las personas que fallecen o que ocupan camas de terapia intensiva “tienen varias comorbilidades”. El derivado lógico de esta afirmación es que resulta menos grave que esa franja poblacional esté en peligro. Quizás la situación impacte más si nos incluimos a nosotros mismos y nuestro estilo de vida dentro de las condiciones de peligrosidad que no están dadas, sino que son gestionadas.

La coyuntura ya no nos lleva a la innegable situación de que un triage decida a quién se le otorga una cama de terapia intensiva y a quién no. El panorama ahora es subrepticio y está disimulado por las características de una normalidad a la que se eligió regresar pese a que la pandemia no terminó.

Es la tanatopolítica, como una consecuencia del sistema capitalista, haciendo lo suyo: separando vidas que importan de aquellas que no. Decidiendo para quiénes está creada esa vida. Podríamos, en cambio, adoptar como criterio una ética de la fragilidad (al decir de la pensadora Leonor Silvestri), que implique actuar como si cada uno de nosotros no fuésemos a pasar ese triage. De esa manera, el riesgo para esas personas disminuiría. Mucho pedir para un mundo que esperó la vacunación para fingir que el coronavirus ya no existe, incluso con cómplices dentro de los sectores que podríamos considerar oprimidos.

La patóloga argentina radicada en Gran Bretaña, Marta Cohen, afirmó en los últimos días que la variante Ómicron es la consecuencia de todo lo que hicimos mal durante la pandemia. Resalta el hecho de que se haya originado en el continente africano, el punto del planeta con menores índices de vacunación, y pide que las cuartas dosis se distribuyan equitativamente para evitar volver a caer en el mismo error.

A nivel doméstico podemos pensarlo en iguales términos. Aquí la vacunación, afortunadamente, no es lo resistida que puede ser en otros puntos del globo terráqueo. Sin embargo, con esa problemática relativizada, decidimos ratificar la definición de “normalidad”: una normalidad que excluye y que no se adecua a esta coyuntura. Una “nueva normalidad” que sigue dejando afuera a los más frágiles, ahora con riesgo de vida.

En los primeros meses de la pandemia, allá por 2020, solía repetirse como un mantra quizás de esperanza que íbamos a salir mejores. Aunque, debo confesar, nunca lo creí, a esta altura, ya podemos confirmar que no sucedió: no salimos mejores y podemos ratificarlo.

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