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¿No íbamos a salir mejores?

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Cuando comenzaron las medidas de aislamiento, las primeras líneas discursivas se relacionaron con la unidad para vencer el virus y la idea de que “saldríamos mejores” de la situación.

Fueron frecuentes los gestos simbólicos de apoyo a la cuarentena, los actos de colaboración y la organización social para que la cuarentena se cumpliera. Durante el primer tiempo se aplaudió, cada uno desde su lugar, a los trabajadores de salud.

Una foto completamente diferente puede verse ahora, con hospitales cerca del colapso y trabajadores de salud pidiendo encarecidamente consideración por su rol.

Es que no debemos confundir a muchas personas preocupadas por el mismo tema y ocupadas al respecto en el mismo momento, con un acto colectivo de solidaridad. En todo caso, se evidenció -y aún se evidencia- la segunda formulación, que ahora tiene nombre: “responsabilidad individual”.

Es cierto e innegable que la cuarentena se volvió extensa y difícil de cumplir, como también es real que es desgastante que nuestros días estén relatados por la cuenta de cuántos contagios y fallecimientos se presentan.

No obstante, algunas razones de por qué las cosas se fueron dando de esta manera podemos analizarlas por fuera de la comprensible situación individual de cada persona inmersa en una pandemia sin precedentes.

Porque, más allá de la realidad de que las personas necesitan trabajar para ganar su sustento diario, debemos detenernos en cuál fue la consecuencia inmediata de la cuarentena: la disminución de las ganancias de quienes conforman poderes fácticos capaces de influir en las decisiones públicas. Cabe, entonces, pensar cómo actuaron, desde qué lugares lo hicieron, quiénes fueron las voces que relataron esa visión y qué consecuencias generaron.

No podemos pretender que la apertura económica, en el nombre de un restringido concepto de “libertad”, no haya generado un mayor número de casos confirmados, más fallecimientos y mayores niveles de agotamiento de un sistema sanitario que desde hace medio año no descansa.

La discusión de sentido que se generó desde el comienzo de la pandemia, terminó por ponderar el sistema capitalista y su vínculo con los Estados, pese a que hubo quienes advirtieron que sería un momento de quiebre. Si bien algunos creen que es posible una suerte de “capitalismo humanizado”, donde rigen las reglas del capital, el factor humano desaparece (ni hablar de contemplar a la biodiversidad toda).

Si bien el devenir de los hechos lo puso de manifiesto, desde el principio fue notorio a quiénes perjudicaría el coronavirus, quiénes tendrían que exponerse, y quiénes correrían riesgo de morir. Los geriátricos, las prisiones, las comunidades originarias, las personas en situación de calle, quienes tienen enfermedades autoinmunes forman parte de ese universo desde el primer momento. En la situación actual, la lista es aún más general.

Es que el capitalismo moderno promueve el individualismo -quizás su cristalización conceptual más acabada sea la meritocracia-, que ahora se ve acentuado por la distancia física, por la virtualidad que llegó para quedarse, por enunciarnos entre nosotros como contagios, casos sospechosos, cumplidores o incumplidores de las pautas de la “responsabilidad individual”; criterios que ahora, además, son condiciones necesarias para superar la pandemia.

Transitamos en una sociedad cada vez más cruel y excluyente. Además de convivir con el virus, debemos considerar la suma de tareas con una consecuente des-salarización de los empleos como suele suceder en toda crisis, la creciente conflictividad difícil de canalizar, la violencia policial con sus reglas difusas y la bronca generalizada acompañada de discursos irresponsables. ¿No íbamos a salir mejores? (Nota de opinión para Cambio 2000)

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