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Malos hábitos descartables

Por Maia Franceschelli

La llegada del Coronavirus modificó nuestros hábitos. El aislamiento social, preventivo y obligatorio impactó de lleno en nuestras prácticas, y si bien en un comienzo esta fue la medida que se consideró como la más viable para contener el contagio masivo, hoy se hace cada día más difícil de sostener.

Debemos considerar que la propagación de este virus se suma a otros problemas endémicos que azotan a multitudes, sobre todo en países considerados -bajo la óptica occidental- como tercermundistas.

El hambre, fundamentalmente, torna aún más vulnerables a las diversas minorías frente a los fenómenos naturales y a los virus, que con el correr de los años han surgido y de los cuales no nos vamos a librar con tanta facilidad.

Informar las causas del origen de esta pandemia -como así también del resto de los males que hostigan a infinidad de multitudes humanas y a diversos seres vivos- es algo que ningún gobierno se atreve a hacer. Las secuelas ya las conocemos: las prácticas etnocéntricas incesantes con las que el hombre se impone al mundo natural solo traen desastre y destrucción, en oposición total al “avance” buscado y pregonado.

Y esto no queda simplemente en una falta de reconocimiento de la situación. Los Estados continúan apostando a los mismos proyectos extractivistas que nos han traído hasta el punto en que nos encontramos actualmente, con un nivel de descaro sin escrúpulos. Lo hemos visto, a modo de ejemplo, con la potencial instalación de factorías porcinas a lo largo y ancho del país, acompañada del discurso de “soberanía alimentaria”.

Como si esto fuera poco, las herramientas que se han propagado por el mundo como métodos de barrera para evitar los contagios del COVID-19, no son nada más ni nada menos que elementos descartables, con todas las complicaciones ecológicas que implican.

El crecimiento desmedido de distintos productos desechables que no se reciclan ni son biodegradables complica este panorama. La utilización de plásticos de corta utilidad aplica no solo en el ámbito de las instituciones sanitarias sino también como forma de protección de la población en general.

Mascarillas, barbijos y guantes se convierten fácilmente en residuos contaminantes debido a la falta de políticas, a nivel global, que permitan gestionar la invención totalmente excesiva y la utilización correcta de estos elementos.

Lamentablemente el plástico desechado se descompone en partículas más pequeñas que terminan en lugares remotos del planeta, como en lo profundo de los océanos o incluso en el aire. El problema se incrementa cuando los animales realizan la ingesta de estos materiales, perjudicando así su salud, su entorno, incluso a las poblaciones humanas que se alimentan de ellos.

A la demanda -y consecuente incremento en la producción- de estos insumos en el área de salud, adicionamos que la medida de confinamiento mundial ha incrementado la utilización de polietileno en el área gastronómica debido a un escandaloso auge del servicio de delivery.

Y, como vemos, los Estados, en pos del bien de nosotros, los seres humanos, arengan la utilización masiva de estos materiales, en un contexto colapsado por la contaminación polietilena, sin un plan de contingencia que permita lograr un tratamiento adecuado de los residuos que esto genera.

Es equivalente a agregar una problemática más, y para nada menor, al caos que atraviesa la naturaleza.

Una vez más, quienes tienen el poder de tomar las decisiones hacen la vista a un lado; al lado que les conviene. Como vemos, la apuesta sistemática a “soluciones” a corto plazo no ayuda a cambiar el estado de cosas que atravesamos, no funciona. Y tenemos la evidencia frente a nosotros. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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