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Los Floyds que no queremos ver

Por Maia Franceschelli

El pasado 5 de junio se “celebró” el Día Mundial del Medio Ambiente. Resulta un tanto irónico acuñar este término en vistas de la situación en la que nos encontramos.

Transitando una pandemia global contemporáneamente a la más profunda degradación ambiental, producto de modelos de desarrollo etnocéntricos y destructivos, hacen del panorama algo poco alentador. El consumismo sinfín y la acumulación de riqueza en pocas manos agravan la cuestión.

Son las personas más pobres las que, presos de políticas que no garantizan una vida confortable ni entornos saludables, pagan las peores consecuencias. De acuerdo a un informe elaborado por la Oficina de Derechos Humanos de la ONU “los pobres son los que se llevan la peor parte del cambio climático pese a ser los que menos han contribuido a él”.

En la misma línea, en el último Índice de Riesgo Climático Global elaborado por un grupo de expertos medioambientales y presentado en la última Cumbre del Clima celebrada en Madrid el pasado año, advirtieron que en los últimos 19 años los países más pobres han tenido y hacen frente a impactos climáticos más graves que el resto.

Ya lo hemos dicho: ni el actual gobierno, ni al anterior, han apostado a políticas basadas en una agroecología biocéntrica y que promueva la soberanía alimentaria. Por el contrario, el apoyo al modelo del agronegocio tóxico, la habilitación para desmontar bosques y acabar con el centro de vida de muchos seres vivos, entre ellos los pueblos originarios, así como también el fracking, es usual.

Vemos como, por ejemplo, Vaca Muerta -luego de estar 40 días inactiva- volvió a hacer fracking a lo largo del mes de mayo, con 28 fracturas. Mientras que para junio se prevén entre 200 y 250 más, ya que de acuerdo a lo señalado por el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, las autoridades nacionales continúan viendo con “altísimo potencial” el lugar y su reprochable método de producción y extracción.

Se ha denunciado reiteradamente el impacto de la explotación de combustibles fósiles en general y puntualmente del fracking: la contaminación del aire por la liberación de los compuestos orgánicos volátiles, de aguas y suelos provocados por el mal manejo de residuos y los derrames, el excesivo consumo de agua potable que se utiliza en la técnica de fractura hidráulica como también un incremento en la frecuencia de terremotos son las consecuencias en este corto plazo.

Pero el Estado no lo ve. Continúa eligiendo la vía rápida, que no es una solución, o por lo menos no para los que menos tienen (quienes realmente la necesitan). Se les sigue dando la espalda, y se evidencia día a día con los contagios de coronavirus en villas y barrios carenciados.

El costo social y ambiental de sostener la lógica destructiva del capital lo tenemos frente a nosotros. Estos megaproyectos que a priori son funcionales a la economía, son los que en cierta medida han colaborado a la crisis sanitaria actual.

Se sigue mirando a Europa y a Estados Unidos, hoy para comparar números de muertos, contagios, políticas correctas y sobre todo incorrectas de los distintos Jefes de Estado (para regocijo del nuestro).

Mientras la pelea por qué país tiene más o menos muertos, y con la cuarentena más larga, por acá se dice que “la vamos ganando”. Con la mayor parte de la clase media devuelta en una cotidianeidad que anhelaban hace tiempo y con los mismos de siempre en la misma de siempre: ricos generando más riqueza y pobres, no sólo siendo más pobres sino también ahora con la posibilidad de la muerte incrementada por demás.

Hace mucho tiempo que por estos lados hay más de un George Floyds, sólo que no son virales. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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