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Los distintos niveles del control social

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Días atrás la policía aprehendió a una mujer que vendía ropa de manera ambulante en Carhué, por romper el aislamiento obligatorio. La vendedora, según personas que interactuaron con ella, llevaba la máscara facial y cumplía con las medidas básicas de protección.

Transcurrido prácticamente un mes de cuarentena, se ponen de manifiesto cuestiones que no fueron tan visibles desde el comienzo. Es que la situación resulta verdaderamente difícil para muchas personas, entre ellas, para quienes necesitan salir a vender sus productos día a día para ganar dinero.

Estas personas quedan expuestas a los primeros niveles de control que propone la sociedad que estamos construyendo a partir de la pandemia.

El control policial recrudeció y se encuentra con más vigor que nunca. Hace pocos días se difundió que en Bahía Blanca efectivos golpearon brutalmente a un joven que había explicado que estaba afuera por razones laborales y relacionadas con su mascota, por citar un ejemplo cercano.

En el contexto dinámico que transitamos, las normas vigentes no están claras, pero sí la orden. Entonces, queda latente la posibilidad de que pueda surgir un abuso de esa situación de poder. Aunque la persona en la calle tenga razones válidas para estarlo. Aunque necesite de ese dinero para que toda una familia pueda alimentarse.

Pero las distintas capas de control social que se desplegaron de manera explícita a partir del coronavirus nos abarcan a todas las personas. El “cyberpatrullaje” anunciado por el Ministerio de Seguridad (y al que le dedicamos este espacio la semana anterior) nos coloca en una nueva situación de vulnerabilidad.

Días atrás se inició una causa a un joven de 20 años por incluir en un tweet la palabra “saqueo”. Atrás quedaron las declaraciones de la funcionaria que había asegurado que no buscaban vigilar personas, sino “el espacio público virtual”.

Otro de los niveles es el biológico: a raíz del coronavirus, pasamos a ser “sanos” o “infectados”. Algún gobernador propuso colocar fajas en los hogares indicando que allí habitan casos sospechosos. Un camino regresivo que históricamente luchan por desandar, por ejemplo, las personas con VIH.

Los indicadores biológicos ahora forman parte de nuestra información personal de manera prácticamente pública: que nos tomen la fiebre o nos hagan preguntas al respecto se volvió rutina.

“Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante, todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren”, describe el pensador surcoreano Byung Chul- Han. El modelo chino tuvo buenos resultados al controlar mejor la pandemia, mientras que el occidental entró en crisis y acabó copiándolo. ¿Es ilógico, entonces, pensar que hacia allí vamos?

La más preocupante de estas capas, quizás, es que muchas personas también despertaron una predisposición a denunciar a quien está al lado. Hoy sucede por motivos sanitarios. ¿Y mañana?

No sabemos cuánto de todo esto será excepcional y cuánto quedará. Las distintas capas de control se entrelazan, se retroalimentan y se vinculan. Muchas de sus aristas son imperceptibles y otras, incomprensibles para quienes no contamos con información técnica.

En su novela distópica “1984” George Orwell recrea una sociedad de vigilancia masiva, de control omnipresente a través de aparatos que todo lo ven: el “Gran Hermano”, que se traduce en represión. En esa ficción las cámaras son visibles. En la sociedad que estamos construyendo no hacen falta: son una metáfora para referirse a los distintos niveles de control social que estamos experimentando. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000).-

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