|  

Las consecuencias del desarraigo

Por Maia Franceschelli

El desplazamiento de las comunidades no urbanizadas consecuencia del desmonte para el avance de la frontera agrícola, la utilización sin resguardos de agrotóxicos y el extractivismo son algunas de las causales que nos dejan parados donde estamos hoy: atemorizados buscando paliar una situación que poco de reversible parece tener.

No hace tanto tiempo -a mitad del siglo XX- las personas vivían organizadas en comunidades más pequeñas, cercanas o lindantes a los campos que trabajaban. Estas tierras les permitían sustentarse y generar a su vez un intercambio con otras comunas, de acuerdo a las necesidades que iban surgiendo. Pero la revolución industrial vino para quedarse, y consigo “facilitar” la vida que se conocía hasta entonces.

Con ellas, también existían -y existen, aunque en menor cuantía- asentamientos de pueblos originarios, con una cosmovisión del mundo armónica e integral, gozando de las bondades de la madre tierra, proveedora indiscutible de todo lo que necesitamos para vivir. Sin embargo, la llegada del hombre blanco y con él la imposición de un paradigma etnocéntrico y arremetedor de los recursos naturales, han cambiado las cosas y mucho.

La ciencia y la tecnología, lejos de estar ajenas a este proceso, han avalado y trabajado para lograr un mayor desarrollo y rendimiento, lo que trajo de la mano una agroindustria y una megaminería como pilares fundamentales de la economía del país -independientemente del gobierno de turno-, icónicas en esta problemática.

Guillermo Folguera, biólogo e investigador del CONICET, en diálogo con Página 12, cuenta que con la “Revolución Verde” en el año 1960, fertilizantes, herbicidas y pesticidas pasaron a ser imprescindibles para la producción agrícola, generando una sobreproducción que deteriora y contamina ecosistemas, y que a su vez ha generando dependencia por parte de quienes los utilizan, modificando de este modo la metodología de trabajo.

Por otro lado, Folguera, citando a Elizabeth Jacobo, docente en la Facultad de Agronomía en la UBA, ingeniera agrónoma y doctora en agroecología, hace una distinción entre productos que son orgánicos y los que son agroecológicos. Sostiene que lo orgánico se suele pensar a partir de su destino, puesto que son productos que satisfacen a sectores sociales de mucha plata. Son alimentos premium sin químicos agregados.

Mientras tanto, el aporte novedoso de la agroecología, si bien también prescinde de químicos, lo realiza al dejar de pensar a la agricultura como bien de uso y escenario para la reproducción del capital, y pasa a definirla como forma de vida. Así, comunidades arraigadas en los territorios pueden trabajar la tierra e interactuar con distintos actores sociales claves para lograr una proyección a largo plazo, “una vuelta al rescate de la dimensión de lo humano en el campo”.  

Sin dudas, para el biólogo Folguera, el proyecto de la agricultura industrial debe cesar. En 30 años se vaciaron los campos. Lo mismo acontece con los pueblos del interior del país y los pueblos ancestrales. El desarraigo es el punto de intersección, a veces involucrando a criollos, otras a pueblos originarios. Inmensas son las poblaciones que dejaron sus tierras para asentarse en los cordones periurbanos de las distintas provincias.

Volver a la práctica agrícola una actividad a pequeño, mediano y largo plazo no requiere necesariamente la utilización de insumos químicos, no requiere tampoco así la destrucción de cuerpos y territorios.

Si el ser humano se autopercibiera como un ser igual al resto de las especies de este gran planeta e interactuara sin necesidad de abusar de las provisiones de la madre tierra y sin destruir todo a su paso, recuperar la autonomía y escoger qué cultivar, cuándo hacerlo, qué comerciar y en qué términos, resultaría posible. Mientras tanto, nos seguiremos extinguiendo. (Artículo de opinión para Cambio 2000).-

Categorías

error: Content is protected !!