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La violencia como espectáculo

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El asesinato de Fernando Báez Sosa en manos de una decena de rugbiers no escapa al conocimiento de nadie. El tema conmocionó a la pluralidad de la sociedad y generó reflexiones de las más diversas.

¿Qué lleva a un grupo de personas, todas ellas de no más de 20 años, a cometer un crimen con semejantes características? ¿Cómo llegan a ese nivel de violencia tan explícito? ¿Cuál debe ser la respuesta social y judicial ante los hechos?

Las respuestas han sido muchas y las novedades que surgen respecto al caso complejizan las conclusiones. El alcohol. Los boliches. El rugby. La juventud. El machismo. La sociedad.

Si bien cada uno de esos debates es válido en sí mismo, no agotan este tema en particular, pues si fuimos todos, en definitiva no fue nadie. Tampoco debemos caer en el punitivismo para la tribuna, considerando el caso como único y aislado, cuya única solución posible es una dura condena de prisión. Hundirnos en la generalidad y en el aislamiento son sólo placebos que restan lucidez al debate.

Es que, si bien evitamos las generalidades, cada una de esas cuestiones funciona de manera interrelacionada e interactúan entre sí, formando una compleja trama que nos acerca a algunas ideas.

Los acusados ponen de manifiesto muchos de los privilegios desde los que se posicionan ciertos sectores sociales. Todos ellos son personas blancas (en términos simbólicos, sobre todo), heterosexuales y de buena posición económica.

Son precisamente esos privilegios los que los dotan de una posición de superioridad respecto a los demás. Desde allí se erige su identidad y su cultura, como así también las relaciones de poder a la hora de interactuar con las otras personas. Aunque se refiera a ellos como “manada”, lo sucedido es estrictamente producto de la cultura humana.

Sin ir más lejos, los llamados “rituales de iniciación” en el rugby vienen siendo denunciados en primera persona por quienes los padecieron, por tratarse de prácticas de machismo y homofobia manifiestas, además de extremadamente crueles. El rugby, aunque con excepciones aún hoy es un deporte practicado principalmente por hombres, de clase media-alta y alta.

En una sociedad que exige tener para ser, y que eso sea visible, el otro pasa a ser tan descartable como un objeto de consumo inmediato si no comparte ciertos códigos enmarcados en las lógicas mencionadas.

¿Cuánto tiene que ver la clase social con la violencia? Esta es una pregunta que resta explorar y responder en nuestra sociedad, partiendo de lo micro que -indudablemente- tiene relación directa con casos más extremos como del que hablamos.

Acostumbramos observar y presenciar muestras de superioridad cotidianamente, sólo que las repudiamos cuando llegan a un extremo tan visible como el que aconteció. Los rugbiers filmaron la golpiza y la difundieron en sus grupos. Como un acto de reivindicación, como un cazador que exhibe con orgullo la cornamenta de su presa más grande.

No son menos violentas ni menos machistas las reacciones de muchas personas que piden escarnios en la cárcel. Algunas de esas expresiones parecen extraídas de una serie televisiva exitosa que toma lo más violento de las experiencias de encierro y las vuelve morbo puro.

La violencia en la actualidad es performática: es espectáculo, tiene que notarse, y eso es válido para víctimas y victimarios. Rodeados de cámaras, públicas y privadas; reales y ficticias, la crueldad es disfrutable en todos esos niveles.

Esos códigos nos competen a todas las personas y son los que tenemos que desarmar: aquellos que hacen que un grupo de personas privilegiadas sientan tanta impunidad como para terminar con la vida de otra persona; y aquellos que hacen de los ejercicios más diversos de la crueldad un entretenimiento morboso, inconducente y estanco. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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