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La pobreza vista desde lugares comunes

Por Lautaro Peñaflor Zangara

En los últimos días, varias declaraciones de funcionarios y candidatos sobre la pobreza tuvieron repercusión. El disparador perteneció a Axel Kicillof, quien afirmó que un sacerdote le había dicho que “muchas personas venden drogas porque no tienen trabajo”.

En el contexto de una campaña en la que él es candidato a gobernar la provincia de Buenos Aires, el oficialismo no lo dejó pasar. La gobernadora María Eugenia Vidal -que aspira a acceder a un segundo mandato- le contestó que “los narcos no son pobres ni desocupados, son millonarios”.

Precisamente el oficialismo hizo de la llamada “lucha contra el narcotráfico” uno de sus ejes comunicacionales y de gestión principales. Una de las principales caras visibles, en este sentido, es la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, quien afirmó que “el pobre para sobrevivir hace changas, es cartonero o forma una banda de cumbia”. Nótese aquí el empleo del singular: “el pobre”.

No se incorporaron datos certeros: sólo frases repletas de clichés que caen en lugares comunes, entrando en juego dos visiones acerca de la pobreza. Por un lado, aquellos que consideran que las personas en situación de pobreza, por su condición, “se drogan”, son delincuentes o no quieren trabajar. Y, por el otro, quienes ofrecen una visión prístina, casi romántica de la situación: la pobreza como sinónimo de heroísmo, con una alta carga moral.

Ambas son simplistas. Representan estereotipos y generalizaciones que, en boca de candidatos, suenan crueles y demuestran la inexistencia de visiones que permitan construir.

A medida que las declaraciones aparecían, la situación empeoraba. Las voces que no se escucharon, precisamente, fueron las de las personas en situación de pobreza. Mucho se habla de ellos, pero nunca son ellos mismos los que deciden cómo se los representa en los mensajes políticos y en los medios hegemónicos de comunicación.

Claro que “la droga” -a la que se plantea como un todo sin distinción de tipos de sustancias o de efectos, omitiendo aquellos consumos social y legalmente habilitados- no es el único ámbito donde la vinculación entre pobres y delito se plasma: en la misma semana, policías hablaron de “control poblacional” al interceptar a un vendedor ambulante y el ministerio de Seguridad lanzó un programa llamado “Ofensores en trenes”, habilitando a pedir identificación en trenes, a total discrecionalidad.

Pero es en las líneas de acción del oficialismo en su “combate al narcotráfico” donde, aunque digan lo contrario, queda clara la persecución a la pobreza. En la retórica prima una visión y en los hechos, la opuesta.

Según datos del CELS basados en cifras oficiales, el 85% de los detenidos no terminó el secundario y el 45% ni siquiera la primaria. El 36% de los varones y el 46% de las mujeres no tenían trabajo al momento de la detención. Sólo el 23% tenía un empleo a tiempo completo.

Asimismo, cuatro de cada diez causas que se inician son por tenencia para consumo personal. Del resto, no existen sentencias definitivas en su mayoría. En definitiva, el negocio cambia de manos, pero no decrece. Por el contrario, al menos se duplicó el número de adolescentes que consumen cocaína y aumentó el número de quienes usaron éxtasis por primera vez, según el SEDRONAR. Esto quiere decir que la guerra al narcotráfico, que se plantea con léxico de la jerga bélica, es un enfoque que rinde en términos de marketing político, pero no sirve en los hechos.

La pobreza, a la que se la considera un todo homogéneo, según los últimos datos del INDEC llega al 35%. En este conjunto, lamentablemente, hay lugar para realidades de las más amplias y diversas. No son las visiones simples y alejadas de la realidad las que nos conducirán a reducir esta dolorosa situación. (Nota de opinión especial para CAMBIO 2000)

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