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La opacidad de los poderes

Lautaro Peñaflor Zangara

La persecución y captura de Julian Assange, así como su posterior liberación luego de más de una década, es uno de esos temas cuya relevancia no llega a ser manifiesta. Sin embargo, bien vale dedicar algunas líneas a explicarlo, pues su caso simboliza algunos de los debates más relevantes del tiempo actual y del que vendrá.

Assange creó WikiLeaks: un sitio sin fines de lucro, en el que se difunden filtraciones de información de sitios de gran relevancia, por ejemplo, el Pentágono o embajadas estadounidenses. Ha revelado noticias muy relevantes, incluso vinculadas con actos de guerra, contraponiéndose al poder corporativo.

Esto, simplificando, le valió ser acusado de espionaje. La acusación llevó a que pase doce años encarcelado, primero como refugiado en Ecuador y luego en una prisión de máxima seguridad en Gran Bretaña, donde pasaba 22 horas al día aislado. Enfrentaba cargos que podían llegar a 175 años de prisión. Finalmente, se declaró a sí mismo culpable y recuperó la libertad.

Hay mucha información que no hubiésemos sabido, de no ser por su metodología. Pensemos, por ejemplo, en la Primavera Árabe, una serie de revueltas en el norte de África, que empezaron con una serie de filtraciones que revelaban casos de corrupción y violaciones de derechos humanos por parte del dictador Ben Ali, que terminó siendo volteado por una pueblada. La ola se trasladó a Egipto y también a Arabia Saudita.

WikiLeaks publicó mensajes interceptados durante los ataques terroristas del 11 de septiembre en Estados Unidos, comunicaciones entre el Departamento de Estado con distintas embajadas, difundió información sobre intervenciones militares de Norteamérica en Irak y Afganistán, datos respecto a Guantánamo, etcétera.

Sin embargo, Assange no inventó las filtraciones. La obtención de información por medio de una persona que accede a datos de un lugar del cual no deberían haber salido, es algo que ha pasado también analógicamente. Se pone el acento sobre él porque resignificó Internet, porque mostró la potencialidad de la gran red de ir contra las corporaciones. Dotó de carácter político a estas filtraciones, les dio una intención. Volveremos sobre este punto.

Julian Assange nació en Australia, hijo de una madre que solía vivir en comunidades y con un estilo de vida algo nómade, y de un padre que mucho tiempo estuvo en prisión. Desde pequeño fue aficionado a la matemática cuántica y a la tecnología. Más adelante, devino en activista político, defendiendo movimientos de personas sin techo.

Quizás este conjunto -matemática cuántica, tecnología, estilo de vida algo “hippie” y activismo político- explican algo de la impronta de lo que hizo después. Sin embargo, la persecución no fue a quienes presuntamente cometieron delitos de guerra o a quienes violaron gravemente los derechos humanos, sino a quien filtró esa información.

Justamente, Assange ha planteado que “las personas son demasiado públicas y las corporaciones -como los bancos, las fuerzas militares y los servicios de inteligencia- son demasiado opacos”. Él piensa que es necesario dar luz a esa opacidad. Por eso ofreció con WikiLeaks un espacio seguro, donde quienes tengan acceso a documentos puedan entregarlos.

Algo de esta visión proviene de los albores de Internet, cuando se creía que la web sería un espacio igualador y democratizador. Que generaría oportunidades de participación superadoras entre las personas. Que borraría los límites y limitaría los poderes. Bueno, ya transcurrido un cuarto de siglo desde aquel momento, podemos asegurar que no fue así.

Aunque el perseguido haya sido Assange, es manifiesta la penetración de los algoritmos y la inmiscusión corporativo-estatal en la vida de las personas. Podemos interpretarlo como un mecanismo de proyección: se acusa al australiano de aquello que los persecutores hacen. Además, esa misma saña quizás se explique como una confesión de la intención de que los datos que WikiLeks ha difundido no se sepan.

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