|  

La omisión presidencial

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El discurso del Presidente de la Nación ante la Asamblea Legislativa, en virtud de la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, es probablemente el discurso más importante que un primer mandatario brinda en el año.

Con la oportunidad de explayarse sin interrupciones y en cadena nacional, quienes ocupan la primera magistratura rinden cuentas de la gestión y ofrecen lineamientos sobre lo que vendrá. Suele decirse, también, que a partir del 1° de marzo se da inicio al año político.

No es la intención de este artículo detallar lo expuesto por Alberto Fernández, dado que harto ha sido analizado durante los últimos días. Pero sí resulta interesante observar algunas omisiones, sobre todo, en materia de matriz productiva.

Es que Fernández prefirió hablar en reiteradas oportunidades de “agroindustria” y no mencionar, por ejemplo, la agroecología ni la agricultura familiar o campesina. Al contrario de lo que sostienen quienes creen que es posible un período de transición hacia un modelo más sustentable, el Presidente dejó en claro que la prioridad de su gobierno tiene que ver con las industrias destructivas y, en particular, las extractivas.

Sí, cabe aclarar, mencionó el programa ProHuerta, al hacer referencia a las medidas tomadas por el ministerio de Desarrollo Social frente a la crisis alimentaria que se recrudeció frente a la pandemia, respaldando huertas comunitarias y escolares.

Pese a que sostuvo que “el futuro será verde o no va a ser”, en el lineamiento trazado primó el criterio de la liquidez sencilla. Prometió medidas que sujetan el camino al modelo extractivista: la licitación de la Hidrovía Paraná-Paraguay, la renovación del Acuerdo Nacional Minero, el envío de una ley que dé impulso a la explotación de hidrocarburos en Vaca Muerta y otra que estimule la explotación de litio. La contracara del modelo que se propone es, contrariamente, la anulación de un futuro armonioso.

En cuanto a las dos últimas menciones, además representan focos de conflictos territoriales significativos con los pueblos originarios. Pese a que Alberto Fernández expresó que buscará una norma que renueve el compromiso del reconocimiento a la posesión originaria de tierras y una “reparación histórica” para los mismos, lo cierto es que un buen primer paso sería garantizar el derecho a la consulta previa vinculante respecto a sus territorios que establece la Constitución Nacional. No resulta difícil asegurar que las comunidades no apoyarían este rumbo.

Quedó afuera de la alocución presidencial la Ley de Humedales. Pese a que podríamos discutir su eventual eficacia, lo concreto es que se trata de una demanda de las agrupaciones ambientalistas, luego de un año récord en incendios forestales que avasallaron con miles y miles de hectáreas de bosques nativos. Sí prometió, en este sentido, movilizar un fondo acordado con las provincias.

Aunque el mandatario mencionó la necesidad de redistribuir tierras públicas a pequeños productores en todo el país para fomentar el arraigo y la producción local de alimentos, entre las iniciativas comprometidas no hubo referencias directas a normas como la Ley de Acceso a la Tierra o la creación de un banco de tierras. Sí mencionó el concepto de “agroindustria”, contrario al enfoque recién descripto.

También prometió, una vez más, erradicar los basurales a cielo abierto: una promesa tan repetida como probablemente utópica, resultando conveniente otro abordaje de cómo tratar los residuos sólidos urbanos.

Alberto Fernández se pintó de verde en su discurso, pero párrafos después también comunicó  con sus contradicciones y sus omisiones. Todo parece indicarnos que el rumbo seguirá siendo el mismo, incluso atravesando una pandemia de origen zoonótico. Las consecuencias, ya las conocemos. (Nota de opinión para Cambio 2000)

Categorías