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La masacre después de la masacre

por Lautaro Peñaflor Zangara

“Los cuervos estuvieron una semana sin volar porque seguían comiendo los cadáveres”, contó Melitona Enrique, última sobreviviente de la Masacre de Napalpí. En esa ocasión, más de 400 qom y moqoit fueron asesinados por las fuerzas policiales y parapoliciales, en Chaco.

Noventa y ocho años -los hechos tuvieron lugar el 19 de julio de 1924- pasaron antes que, finalmente, la amalgama de poderes decidiera encarar la realización de un juicio reparador para las comunidades. Melitona sobrevivió a los hechos originales, pero no a la masacre después de la masacre.

Murió en 2018, cuando todavía el juicio era una promesa. Vaya si es elocuente su fallecimiento: la desidia, el destrato, la marginación, el olvido, la opresión encuentran su hito más evidente en los fusilamientos, pero no fue el único ni el último. Ella es la cabal evidencia.

En aquel momento, Fernando Centeno fue designado como gobernador del entonces Territorio Nacional de Chaco por el presidente Marcelo Torcuato Alvear. Su misión era garantizar la producción en los ingenios algodoneros.

Allí trabajaban los integrantes de comunidades originarias, principalmente qom y moqoit, y el objetivo era emplear a estas personas como mano de obra barata, por no decir esclava. Otra forma de colonización: de esa manera, a cambio de “trabajo”, podrían hacerse de esas tierras productivas, en un contexto de suba de precios internacionales a raíz de la guerra.

Sin embargo, las condiciones de explotación tuvieron sus consecuentes protestas y hasta revueltas sociales. Centeno ordenó, entonces, una “represión ejemplar” contra los trabajadores de Napalpí.

El 19 de julio de 1924, efectivos de fuerzas de seguridad y fuerzas parapoliciales desataron la balacera sangrienta que luego fue conocida como “Masacre de Napalpí”. Cerca de cuatrocientas personas, entre ellas ancianos, mujeres y niños, fueron literalmente descuartizados. Sólo quince adultos pudieron escapar. Entre ellos, Melitona, que entonces tenía 23 años.

El silencio y el olvido se llevaron la masacre en una situación tan violenta como los mismos disparos. Lo sucedido fue un intento de acallar los reclamos de los indígenas, pero también simboliza los esfuerzos del Estado Nación para hacer desaparecer las identidades originarias a fuerza de imposición.

Fundación Napalpí trabajó durante años para construir memoria respecto a la Masacre. Su esfuerzo es inconmensurable y cobra inmenso valor en nuestros días, ya que luego de casi un siglo, actualmente se está desarrollando el juicio por los hechos de Napalpí. Aunque Melitona, última sobreviviente, no llegó con vida para dar su declaración, su voz sí estuvo presente a través de un video en el que contó su verdad. En 2014 el testimonio fue incorporado al expediente y hace dos martes se proyectó en audiencia. Habló en su lengua originaria, la lengua qom.

Cada martes se continúa el proceso, en el que se juzga como delito de lesa humanidad el genocidio de 1924, con la secretaría de Derechos Humanos y Géneros de Chaco como querellante. El juicio llega tarde, sí. Pero no podemos soslayar su importancia.

Se trata de un proceso reparador, de construcción de memoria y de reconocimiento. Pero también están en juego las condiciones materiales de vida de nuestros Pueblos Originarios, a quienes no les sobran las instancias para recordar que son sujetos de múltiples y permanentes opresiones por parte de un aparato que busca acallar sus identidades e inhibir su cosmovisión.

Ese aparato involucra al Estado en sus diferentes niveles y a las corporaciones que disputan, por ejemplo, sus territorios. Por primera vez en Argentina se juzgan hechos de esta naturaleza y, aunque la primera reacción que podamos tener es que llega tarde, las continuidades históricas y políticas demuestran que las disputas, quizás más subrepticias, siguen siendo las mismas.

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