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La ilegitimidad de origen

Lautaro Peñaflor Zangara

Las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos marcaron un precedente para los sistemas democráticos, al mismo tiempo que también cristalizaron el ingreso al terreno electoral de algunos fenómenos de época con los que convivimos a diario.

En aquel momento, recordemos, disputada la elección no hubo un claro reconocimiento de la derrota por parte de Donald Trump, quien no logró reelegir ante el actual jefe de Estado norteamericano, Joe Biden.

Lo más curioso vino después: manifestantes partidarios de Trump decidieron tomar por asalto el Capitolio, desconociendo a quien debía sucederlo en el cargo. Claro está que, si fue permeable la seguridad de uno de los edificios públicos más custodiados no sólo de ese país, sino del mundo, es porque hubo una intención deliberada de que el evento tuviera impacto. Las manifestaciones de respaldo por parte del magnate en Twitter en aquel momento le valieron la censura de esa red social.

Las aguas se calmaron y el nuevo presidente asumió. Sin embargo, el éxito de la estrategia ya estaba dado: Joe Biden tomó su puesto cargando con la tacha de ilegítimo desde el mismo origen para una considerable cantidad de ciudadanos del país que gobernaría.

La ilegitimidad de origen parece ser el punto de partida para la resistencia a gobiernos democráticamente electos o, al menos, para los que fueron electos por diferencias no tan amplias. Como vengo sosteniendo en este espacio, la circulación de la información en el capitalismo/democracia de corporaciones digitales hace posible la instalación de mensajes que apelan a la emoción antes que a la racionalidad.

La clara alineación entre Trump y Bolsonaro hace comprensible que esta misma lógica haya sido la empleada en las recientes elecciones de Brasil. En ellas, el reconocimiento del resultado fue opaco, hubo manifestaciones en contra del mandatario electo y todavía nos distancia un considerable tiempo respecto a la asunción de Lula da Silva.

Con un resultado sumamente ajustado, sembrar la creencia de que el nuevo gobierno es ilegítimo parece la mejor plataforma para que la derecha se mantenga vigorosa. El resultado en Estados Unidos evidencia que es una estrategia que da resultados: según un artículo publicado recientemente por BBC mundo, las encuestas sugieren que alrededor del 70% de los republicanos creen que Biden no es el presidente legítimo. Eso es alrededor de un tercio del electorado estadounidense, más de 50 millones de personas.

En simples palabras, creen que las elecciones del 2020 fueron robadas. En este punto, El problema es que no hay evidencia que respalde las acusaciones de fraude electoral. Los abogados de Trump presentaron más de 60 demandas alegando fraude electoral. Todas, menos una, fueron desestimadas por falta de pruebas.

De acuerdo con esa misma nota periodística, hay personas que plantean que defenderían con armas a Donald Trump y que puede darse en el país una guerra civil.  Si a esto sumamos que los gobiernos de Trump y Bolsonaro promovieron fuertemente la portación de armas, bajo el discurso de “la libertad” (en Argentina también lo deslizó Patricia Bullrich), el panorama está a un paso de complicarse. Esto no significa que existan chances razonables de que suceda, pero sí que está en el imaginario de mucha gente.

¿Cuál es el adversario de estas “guerras civiles” que algunas personas imaginan? El comunismo. Para ser claros, en Estados Unidos -cuna impermeable del capitalismo- le han dicho comunista a Barack Obama. Es que, para estas construcciones políticas, cualquier tipo o nivel de estatismo merece ser llamado “comunismo”. En definitiva, el oponente es imaginario.

Las construcciones en las que se recrudece el discurso hacia formas regresivas y violentas, evidentemente, ya no son semánticas y avanzan en el mundo. De Trump a Bolsonaro, de Estados Unidos a Brasil y de allí… ¿a dónde?

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