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La hegemonía tecnológica

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El futuro, incluso en lo más próximo, es todavía una incógnita. Sin embargo, el devenir de los hechos y las características con las que los Estados están haciendo frente a la pandemia nos dan ciertos indicios de cómo será lo que vendrá.

El advenimiento de instancias tecnológicas para todos los aspectos de la existencia humana es uno de ellos. Es que, en ese futuro próximo que estamos intentando descifrar, nuestros hogares -a través de conexiones de Internet que tendrán que ser cada vez mejores- se transformarán también en nuestras escuelas, en nuestros consultorios médicos, en nuestros gimnasios, en nuestros centros de compras, en nuestros lugares de entretenimiento…

Mencionando ejemplos concretos, para el caso de la educación existe Zoom Classroom. El congreso está próximo a aprobar la receta médica digital. Netflix aumentó exponencialmente su cantidad de suscriptores desde que los países decretan aislamientos. Mercado Libre alcanzó en las últimas semanas cifras récords y ya vale más que General Motors.

Esto tiene una implicancia directa que, en algunos casos, ya puede notarse: los gigantes tecnológicos no sólo suman posibilidades de negocios, sino que además robustecen sus posibilidades de poder. Los Estados, si no están dispuestos a plantear otras discusiones, recurren a las corporaciones para generar sistemas capaces de hacer funcionar la “nueva normalidad digital”, ya que ellas disponen de todo lo necesario para hacerlo.

La pensadora canadiense Naomi Klein habla de “Screen New Deal” o “Pacto de pantallas” para referirse a esto. Las empresas, como Google o su equivalente china Alibaba, ofrecen la protección necesaria ante el mayor riesgo del momento: el contacto físico. Son las pantallas las que evitan ese peligro, en complemento con instancias de mayor represión como fenómenos observables en todas las latitudes, esquivando incluso los principios de las democracias.

Estamos entregando un registro detallado de cada movimiento que damos y de cada actividad que hacemos. Esto implica menos libertad, más control y más dominación porque, claro, los algoritmos fácilmente también eligen qué vemos a través de nuestros dispositivos. Recordemos que la protección de datos personales era, hasta febrero, un tema que solía aparecer en la agenda pública. Ya no sucede.

De avanzar en este sentido, la alianza entre Estados y empresas tecnológicas también implicará renuncias: menos maestros, menos médicos, menos constructores, menos empleados administrativos, menos personas encargadas de atención al público. En cambio, habrá más pantallas que cumplan sus roles.

Estados Unidos ya cuenta entre sus asesores a un ex CEO de Google. Países como Australia y Canadá contrataron a Amazon para llevar a cabo distintas tareas durante la pandemia. China invierte dinero público en empresas como Alibaba o Huawei y es el modelo a seguir en este momento.

Naomi Klein, la pensadora a la que hicimos referencia, dice que las cuarentenas -sin discutirlas desde el punto de vista epidemiológico- funcionan como “laboratorios en vivo»,  a partir de las cuales se verá cuánto y cómo de lo que sucede subsistirá.

En cambio, no se presentan con fuerza otras alternativas. Estamos perdiendo la oportunidad de discutir un futuro más solidario, más igualitario, más sostenible, más pacifista, más ecologista, sin lastimar los derechos laborales.

Todavía más elemental que eso: ni siquiera nos estamos preguntando -considerando que la hegemonía tecnológica parece inesquivable, e Internet resulta volverse tan necesario incluso para las aristas más necesarias de nuestro existir- si este tipo de servicios no deberían reducir a mínimo la posibilidad de lucro, en lugar de colocar a las grandes corporaciones tecnológicas a la par (o incluso por encima) de los Estados. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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