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La guerra en curso

Por Maia Franceschelli

Desde hace ya un tiempo se viene haciendo hincapié en que la próxima “gran guerra” sería por el agua; pero pocos aluden que la misma -por lo menos en nuestro país- está en curso hace más de dos décadas. Miles de habitantes han comenzado una lucha incansable por el recurso más valioso para toda vida en el planeta.

En las provincias cordilleranas, desde que las mineras llegaron, los pueblos que sufren en carne propia sus consecuencias devastadoras, no han parado de proclamarse en contra de ésta actividad.

Las grandes empresas extractoras han arribado a estas tierras luego de la promulgación de la Ley de Inversiones Mineras N° 24.196, sancionada en mayo de 1993, la cual garantizó a los inversores extranjeros estabilidad tributaria y fiscal por un período de 30 años, a partir de que hubieran presentado el informe de factibilidad (documento que establece que es posible, luego de la exploración, instalarse en una zona determinada y llevar a cabo la extracción del mineral determinado).

El gobierno menemista buscaba la apertura de la economía y el fomento de la inversión privada extranjera por medio de legislación favorable a sectores determinados, la cual continúa hasta nuestros días, pese a los cambios de gobierno. De ésta manera, comenzó la vía libre para la destrucción de nuestro medioambiente.

El derroche de agua y la contaminación de la misma es una de las consecuencias más nefastas. Los metales son separados con sustancias tóxicas -cianuro, mercurio, ácido sulfúrico- en un lago artificial llamado “dique de cola” donde se vierten 4 millones de litros de agua por hora, 88 millones cada día: un día de explotación requiere la misma cantidad de agua que se necesita para abastecer a una población de 600.000 habitantes.

Los diques, al estar ubicados en zonas de altas filtraciones por fallas geológicas, provocan que el agua contaminada llegue a los ríos y campos de sus alrededores, afectando también a las corrientes de agua que abastecen a los pueblos cercanos.

En septiembre del 2015 ocurrió lo que se conoce como el mayor accidente minero de la historia del país: la minera Barrick Gold reconoció oficialmente que derramó más de un millón de litros de solución cianurada al Río Potrerillos (San Juan). Al año siguiente, nuevamente Barrick Gold confirmaba otro derrame, junto con otros 3 ocurridos en los años 2011 y 2012, los cuales nunca se habían dado a conocer.

En diálogo con el diario La Nación, el doctor Carlos Damin, jefe de Toxicología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, explicaba: “El cianuro está presente en la naturaleza y va a depender del grado de concentración en sus distintas formas lo que va a generar su nivel de toxicidad, que puede llevar a un organismo desde una descompensación hasta la misma muerte”.

En el año 2009, el político y cineasta Fernando “Pino” Solanas, denunciaba la actividad de las mineras en su documental “Oro Impuro”.

“La contaminación más grave no es la provocada por roturas y derrames, sino la llamada ‘lluvia ácida’ que produce la montaña al ser partida y quedar expuesta a la acción oxidante del aire y del agua. La lluvia ácida puede prolongarse cientos de años contaminando las cuencas de los ríos que allí nacen. Las mineras abandonan los yacimientos sin un debido tratamiento y condenan a los pobladores a convivir con el desastre”, expresaba en el film.

Desde las asambleas vecinales, integradas por maestros, campesinos, agricultores y pueblos originarios de los sectores aledaños a las minas, promueven la consigna “no a la mina, sí a la vida”.

Explosión y destrucción de las cadenas montañosas, derroche y contaminación de agua, despilfarro de energía -se utiliza en un día igual proporción que la necesaria para proveer a la población de una gran ciudad-,  impacto aniquilador en la flora y la fauna, desertificación de los suelos, y la polución en el aire son algunas de los resultados de estos multimillonarios emprendimientos.

La vía libre para radicarse, destruir y partir, es la nota principal de estos mega-proyectos, avalados jurídicamente y encubiertos por intereses hegemónicos.

La guerra por el agua está en curso hace tiempo ya, pero se nos presenta de modo encubierto. Es hora de despertar. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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