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La elocuencia de lo invisible

Por Lautaro Peñaflor Zangara

M. no fue encontrada: apareció, que es un universo completamente diferente. Luego de una crónica policial en tiempo real con la exhibición morbosa del rostro de una niña de 7 años -que además vive en la indigencia- una vecina alertó haber visto a la pequeña, y se logró dar con ella.

Es que cuando desaparece una mujer, ahora sí la noticia atrae el interés de las audiencias, algo que años atrás (y no tantos) no sucedía, razón por la cual el espacio que se dedicaba a estos temas era marginal. Esto nos pone en la obligación de desconfiar de la convicción que la massmedia pueda tener respecto a las cuestiones de género. Y también del abordaje que realizan al respecto.

Una de las primeras reacciones fue juzgar a la madre por denunciar tarde: una versión remasterizada de aquella falacia según la cual la ropa que usabas podía responsabilizarte de un ataque o, incluso, de un asesinato.

Sí es cierto que se activó la Alerta Sofía y que la reacción fue temporalmente anterior respecto a otros casos, como el de Candela. También, yendo a lo concreto, la atención apareció cuando la familia tomó medidas de acción directa, como el corte de una ruta.

Ahora bien, la actuación de las autoridades fue alimentada por una versión espectacularizante de un ministerio de Seguridad que, a menudo, parece sólo pensar en el spot que podrá armar después con el despliegue, necesario o innecesario, que montó. Ejemplos sobran.

¿Ameritaba la búsqueda de 700 efectivos policiales, si se buscaba dar con un único hombre que, en principio, no parecía ser un peligroso criminal? Si, así y todo, esa cantidad de operarios no dieron con él, ¿qué perspectivas tenemos cuándo deben intervenir ante un delito de los considerados complejos?

Considerando que a la niña no la encontraron, sino que apareció, entonces cabe la pregunta: ¿era la prioridad encontrar a M. o la intención era montar la escena que exacerbara la imagen de un funcionario que busca proyectarse como un superministro?

De hecho, resulta muy triste que la discusión se haya reducido a las chicanas políticas entre los titulares de las carteras de Seguridad nacional y provincial, cuyo encono data desde el mismo origen del actual gobierno. El combo incluyó agresiones físicas y chispeantes declaraciones.

Es aquí donde debemos recordar que, una vez que la niña apareció, al día siguiente su existencia seguirá vulnerada por el Estado, por el Poder Judicial y por los medios masivos de comunicación. Quizás, al alcanzar visibilidad su caso, la familia obtenga respuesta habitacional por parte de algún nivel del Estado. Pero en Argentina 6 de cada 10 niños viven en la pobreza, y 2 cada 10 en la indigencia. La discusión excede lo individual: no se trata de casos aislados y no se agota en nombres propios.

Los índices de pobreza en Argentina son más que una cifra dolorosa. Son la confesión colectiva de que las estructuras dominantes no buscan resolver este flagelo que ya existía, que se potenció durante el último gobierno neoliberal y que se recrudeció por la pandemia.

Es que no estamos dispuestos a discutir el asunto. Allí reside una considerable porción de hipocresía social, en un asunto que parte de la nula capacidad de perforar el debate sobre la distribución de la riqueza. No resolveremos el tema con mesas llenas de personas, ni con Consejos que burocratizan algo bien llano: en Argentina la mitad de la población vive en la pobreza, mientras un puñado de nombres propios concentran una enorme parte de la riqueza.

Casos como el de M. nos obligan a levantar la vista durante efímeros momentos y observar aquello delante de lo que levantamos un muro que nos impida verlo. Que algo tan notorio no sea observado es fenomenológico. Podríamos llamarlo la elocuencia de lo invisible. (Nota de opinión para CAMBIO 2000)

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