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La construcción del enemigo interno

Por Lautaro Peñaflor Zangara

La conformación de los Estados-Nación modernos fue violenta. Nadie, absolutamente nadie, que tenga perspectiva histórica y honestidad intelectual puede negarlo. En tierras latinoamericanas, las comunidades fueron corridas en nombre de la Patria y, a la fuerza, se trazaron los límites de los países que hoy conocemos: Argentina, Chile, Perú ni Bolivia (por citar ejemplos arbitrarios) eran tales cuando sólo existían en nuestra tierra Pueblos Originarios.

Por esa razón el pueblo Mapuche habla de Nación: no aluden a la construcción moderna, sino al conjunto de símbolos, valores y costumbres que los une y que, claramente, el hombre blanco se encargó de borrar sistemáticamente pero ellos se esfuerzan en conservar.

De la misma manera, resulta irrisorio pretender que “los araucanos chilenos” fueron corridos por los “mapuches argentinos”: hasta la ley dice que estos pueblos preexisten a las formas jurídicas y políticas de nuestros tiempos.

¿Por qué, entonces, se alimentan estas elucubraciones? Probablemente buscan legitimar el avance del hombre blanco por sobre la propiedad ancestral originaria. Desplazar, policía de por medio, a un pueblo indígena resulta poco simpático si se lo hace sin ninguna razón.

Así como se corrieron violentamente los territorios durante las Campañas al Desierto, aún hoy la disputa es territorial. Y también obedece a motivos económicos. Nada nuevo bajo el sol. Sólo que la dinámica de esta trifulca encuentra a una parte en actitud ofensiva y a la otra en plan de resistencia.

Esto también tiene su correlato mediático: existen aquellos medios que entienden la información como un derecho y aquellos que ven en la misma una mercancía. Estos últimos, escriben con la letra y hablan con la voz del mejor postor que es sencillo dilucidar si son las comunidades indígenas o los poderes económicos. Quizás de esta manera se entienda la insistencia con titulares vinculados a un engendro, cuya existencia y características nadie pudo explicar: la famosa RAM. También hay que demonizar la resistencia.

Lastimosamente, este tipo de relatos terminan por rubricar el clamor ruidoso de enviar más policías y reprimir, tal como sucede actualmente con la Lof Quemquemtreu. El gobierno, a medias tintas, envía efectivos pero dice que la ley no lo contempla. También que no va a avalar la respuesta represiva, porque “ya sabemos cómo terminó el caso de Santiago Maldonado”. Sin embargo, los efectivos ya están en sus puestos.

Nadie advierte ni encuentra sugestivo que el Intendente de El Bolsón sea el ex contador de Joe Lewis, magnate que pretende hacerse con tierras de propiedad ancestral comunitaria, cuya casa en La Angostura frecuentaba el ex presidente Mauricio Macri. Corporaciones y Estado (tres poderes y manejo de la fuerza incluidos) generan una dinámica racista innegable, con mayores o menores matices.

Precisamente, la criminalización es parte ineludible de esta cadena. No hay líder originario que haya levantado su voz u organizado a los suyos que no enfrente hoy cargos en el Poder Judicial. En el caso de la fuerza policial, las causas duermen largos sueños o, como mucho, individualizan en un efectivo la responsabilidad, cosa de no manchar la dirección política de la misma. Así se construye el relato del enemigo y se legitima la acción violenta posterior: mentiras deliberadas, demonización, represión violenta y criminalización posterior a la resistencia.

¿Cuándo se habló explícitamente de enemigos internos y se cimentó un programa político respecto a ese constructo? Así es: en la última dictadura. Huelga mencionar que la experiencia fue trágica, sangrienta e irrepetible. Militarizar, demonizar, confrontar y llevar la disputa al terreno policial respecto a los Pueblos Originarios acarrea dos tristes deja vu: uno cinco siglos atrás y otro hace de cuatro décadas y media. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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