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La bomba está en cada uno

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El éxito del cine, además de la estética o el entretenimiento, radica muchas veces en la capacidad de la pieza de hacer sentir identificadas a las personas. Sucede cuando la historia logra que los espectadores nos pongamos en el lugar del personaje y entendamos por qué todo sucedió de esa forma.

Algo así aconteció hace algunos años con un personaje de la película “Relatos Salvajes”. Se trata de “Bombita”: un ingeniero interpretado por Ricardo Darín a quien le hacen una multa de tránsito.

A pesar de su insistencia en explicar que la zona no estaba debidamente señalizada, la grúa se lleva su auto y debe pagar una multa, el acarreo y el tiempo que el auto estuvo detenido. No hay funcionario que escuche su descargo ni le preste atención. Sólo se muestran interesados en el cobro de la cifra. El nombre del personaje es lo suficientemente explícito para saber cómo termina la historia.

“Pague primero, reclame después”, reza un principio en materia tributaria que da cuenta de los valores del sistema y su distorsión.

Días atrás, tomó notoriedad el caso de una señora que agredió a una empleada de una farmacia, porque habían perdido dos veces la receta de los medicamentos oncológicos de su marido.

La burocracia es una de las formas que toma el Estado, una abstracción en sí mismo. Se trata de una forma de organización que realza la división prefijada de las tareas, la supervisión jerárquica, y las detalladas reglas y regulaciones.

Si bien, teóricamente, privilegia la eficacia, lo cierto es que termina transformándose en un engorroso ida y vuelta de oficinas, bancos, filas y salas de espera. La fragmentación de las labores es tal, que se vuelve impersonal, lejana, masiva.

Cada parte de la cadena es tan pequeña que se asemeja a un engranaje de una máquina. Eso es: un artefacto. Un dispositivo inhumano, en el que las personas pasan a un segundo plano. Se transforman en un simple número de trámite, o un expediente. Una tuerca de una partecita de la maquinaria monstruosa que es la burocracia, a la que resulta imposible percibir por completo.

“No soy una loca, es que estoy desesperada”, explicó la mujer del caso mencionado unos párrafos arriba. Sin justificar la agresión, ¿a quién, aunque sea una vez, no le atiborraron los trámites al punto del hartazgo?

Estoy decepcionada, enojada y angustiada”, agregó y describió a la perfección sensaciones que la mayoría hemos atravesado, sentados en una sala de espera con la incertidumbre de si los pasos que estamos siguiendo nos conducen a nuestro objetivo.

La lógica de la eficacia es enemiga de la humanidad: tratar con personas lleva tiempo, lleva escucha y lleva empatía. Es mucho más que completar un formulario, máximo considerando que se trata de un sistema que abarca aspectos tan importantes como la salud, la economía doméstica, la educación o los alimentos.

¿Quién ayuda a los adultos mayores en los bancos a sacar un turno por medio de una computadora, cuando su vida transcurrió con el papel y la lapicera, para cobrar una jubilación de miseria? Muchas veces, los empleados de seguridad que ni siquiera tienen la obligación de hacerlo.

La automatización es lo que sigue. Las promesas de autogestión ofrecen como valores la comodidad del hogar, el ahorro de tiempo y mayor control de los trámites. No obstante, significan menos contacto humano, más fragmentación y más alienación. Una sociedad en la que ni siquiera nos miramos, en la que acumulamos broncas ante la eficiente ineficacia de la burocracia estatal.

No es inexplicable, en un mundo con las características del que nos toca vivir, que las patologías vinculadas al estrés, el pánico, la ansiedad y las fobias sean “el mal del siglo 21”. La bomba está en cada uno de nosotros. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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