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Hay un desaparecido

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Esta vez comenzaremos con algunas cuestiones acerca de cómo fue pensada esta columna y, en particular, su título. Evocar la palabra “desaparecidos” conlleva en Argentina una potente carga simbólica, respecto a lo sucedido en la última dictadura eclesiástico-cívico-militar.

Sin embargo, y realizada esta aclaración, también debemos mencionar que no falta a la verdad: al momento de redactar estas líneas, Tehuel de la Torre no aparece desde el 11 de marzo. En tal caso, sí podríamos decir que en Argentina todavía hay desaparecidos, vinculados con la dictadura, pero también en período democrático.

Precisamente no podemos soslayar que Tehuel es un chico trans de 22 años. Aquí convergen dos claras exclusiones: las dificultades que implican las existencias por fuera del género designado al nacer, pese a que existe una ley que así lo reconoce; y las posibilidades que las juventudes encuentran para desarrollarse en nuestra coyuntura. De la Torre fue visto por última vez cuando iba a una entrevista de trabajo. Específicamente, por una changa.

Pese a que es ya escandaloso el tiempo de su desaparición, el tema no ocupa la centralidad que debería ocupar en la agenda política, judicial ni mediática. Su familia fue recibida por ministros provinciales, es verdad, pero es insoslayable el impulso que tendría su búsqueda si algún primer mandatario le hiciera lugar en su agenda.

Los medios de comunicación hegemónica, en los últimos tiempos, han dedicado tiempo y recursos cada vez que una persona cuyo género autopercibido coincide con el asignado al nacer. Las razones por las que empezaron a hacerlo podrían dar lugar a otro artículo, pero lo concreto es que, incluso, han llevado a cabo crónicas de manera espectacularizante, que rozan lo morboso. Para la desaparición de Tehuel, sin embargo, sólo disponen de espacios marginales (en el mejor de los casos).

Aunque resultan odiosas las comparaciones, en este caso sirven como un recurso que conduce claramente a las razones de la invisibilización del caso de Tehuel de la Torre que representa, además, la historia de invisibilización del colectivo trans.

Podemos pensar, a manera de ejemplos, en la búsqueda de M., una niña que vive en la pobreza y cuya madre sostiene consumos problemáticos. O, incluso, en la desaparición de Facundo Astudillo Castro.  Es bastante clara la vara de exclusión con la que se rigen los temarios de algunos sectores.

La cuestión judicial no es menos importante. Super Berni no organizó operativos con la celeridad que suele hacerlo. El acceso a la justicia, además, se percibe sumamente permeable cuando el sujeto es trans: se trata de un sistema construido desde y para las lógicas cis y binaria.

En el año 2020 se perpetraron en Argentina ciento cincuenta y dos crímenes de odio, en los que la orientación sexual, la identidad y/o la expresión de género de todas las víctimas fueron utilizadas como pretexto discriminatorio para la vulneración de derechos y la violencia. Así surge del Informe del Observatorio Nacional de Crímenes de odio de la Federación Argentina LGBT.

No debería, en este contexto, extrañarnos que una persona trans esté desaparecida. Tampoco que sea violentada desde múltiples puntos de vista. Pero sí debe alarmarnos. Las cifras que citamos recién son la expresión final de una cadena de violencias que Tehuel de la Torre pone de manifiesto y que son inadmisibles en una sociedad que se dice democrática.

En tiempos en que algunas voces, más o menos potentes, se atreven a pronosticar y hasta desear giros autoritarios en el poder, repensar el sistema democrático desde sus carencias es también una exigencia para que sus postulados impacten en todas las realidades, asimétricas y diferentes. (Nota de opinión para CAMBIO 2000)

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