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Hay que pasar diciembre

Por Lautaro Peñaflor Zangara

“Hay que pasar el invierno”, dijo Álvaro Alsogaray en 1959, cuando era ministro de Economía del Gobierno de Arturo Frondizi. La frase quedó inmortalizada.

Otro símbolo impregnado en nuestras memorias es el último mes del año. Desde los sucesos de 2001, diciembre suele traer consigo el temor por revueltas, las amenazas de saqueos y ánimos caldeados cuando los órganos políticos buscan condensar en pocos días las tareas adeudadas durante los meses anteriores.

En 2015 el traspaso de mando fue toda una novela en sí misma. En 2018, ante la intención del entonces gobierno de aprobar la llamada Reforma Previsional, la movilización popular y la represión volvieron a dotar de características particulares los últimos días del año.

El año 2019 no fue la excepción: cambio de gobierno mediante, el nuevo oficialismo del Frente de Todos propuso un megaproyecto de ley llamado “de solidaridad” que generó enormes rispideces entre oficialismo y oposición.

Las razones: un pretencioso proyecto, fundamentado en la difícil situación macroeconómica, enviado a último momento, y una oposición que amenazó con interrumpir la jura de Diputados para no dar quorum, crispando el ambiente y agrandando las diferencias, a ocho días de gobierno.

No dar quorum es válido a la hora del debate parlamentario. No así el impedimento de que juren legisladores democráticamente electos, que son parte de la composición de las cámaras según los últimos comicios, lo cual -ante la crítica de propios y ajenos- finalmente no sucedió.

No obstante, sí pudimos realizar una lectura de cómo será la dinámica en lo próximo.

El Frente de Todos deberá repetirse a sí mismo como un mantra su frase de campaña “es con todos”, para así surfear la ola de posturas diversas -en ocasiones incluso contradictorias- que forman el gobierno. La unidad heterogénea y amplísima es un valor en sí misma, si puede gestionársela con habilidad, algo que resulta inquietante en un espacio que abarca a Juan Grabois y también a Sergio Berni; a Sergio Massa pero también a Sabina Frederic; a Cristina Fernández y los gobernadores.

Juntos por el Cambio tiene pendiente la tarea de dirimir liderazgos, al mismo tiempo que las derrotas electorales generan la intuitiva búsqueda de culpables. La coalición se debate entre la intransigencia de la Coalición Cívica y un sector del PRO o el dialoguismo de la UCR, carente de liderazgos nacionales de renombre. Mientras tanto, cuenta con algunas gobernaciones que no querrán quebrar sus relaciones con la Rosada.

Estos matices quedaron expuestos: desde no dar quorum hasta posibilitar el debate. Todas estas posturas coexisten en tensión, sin certezas sobre qué sucederá con la que supo ser una coalición electoral aún no probada sin ser oficialismo.

Opuestos complementarios es una buena manera de describir la relación entre las dos fuerzas mayoritarias: se critican, se pelean y se gritan, pero se necesitan: encuentran su mejor rendimiento confrontando. Mientras, ninguna realiza planteos de fondo.

La delegación de poderes al Ejecutivo, la redistribución del ingreso y los asuntos previsionales tomaron el centro del debate. En ningún momento se planteó la posibilidad de grabar, por ejemplo, las rentas extraordinarias que se van del país o los proyectos megamineros trasnacionales y arrasadores de la tierra.

Diciembre prácticamente transcurrió y, con él también la panacea electoral. Es momento de que la nueva configuración de fuerzas establezca prioridades que permitan avanzar o, caso contrario, lo que venga será más de lo mismo.

“¿Seremos capaces como dirigentes?”, se planteó Alberto Fernández en su discurso inaugural respecto a dar solución a los problemas estructurales. Una inquietud por demás acertada. De ellos depende. (Artículo de opinión para Cambio 2000).-

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