|  

Extractivismo al rojo fuego

Por Maia Franceschelli

Las llamas persisten devastando el Delta del Paraná y por el momento parecen no cesar. Según estimaciones de Greenpeace, en los primeros ocho meses del año se quemaron unos 900 kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a casi cinco veces la ciudad de Buenos Aires.

Varias son las causas, algunas más que conocidas: los desmontes para extender la frontera agrícola-ganadera provocan sequía, y los suelos secos de zonas antes inundadas, con mucha materia orgánica, así como con vegetación seca en pie, resultan en material combustible.

Los primeros fuegos datan del mes de febrero, y en lo que va del año se registraron 18.000 focos de incendios, siendo impresionante el número de las últimas dos semanas con 7000 nuevos focos.

El gobernador de Entre Ríos declaró la emergencia ambiental, ratificando la prohibición de autorizaciones de quemas en la zona, autorizando además el encarcelamiento de cinco personas acusadas de provocar incendios.

En el año 2008 esta superficie también había sufrido el paso del fuego, resultando 70.000 hectáreas las afectadas. Fue en este marco que la Legislatura de la Provincia entrerriana sancionó la ley N° 9.868, donde se establece la prohibición del uso del fuego en el ámbito rural y forestal sin autorización expresa de la autoridad de aplicación. Esta problemática además promovió leyes nacionales, entre ellas la N° 26.562 conocida como la “Ley de quemas” que tiene por objeto lo mismo.

La importancia de los humedales es basta: almacenan agua a corto y largo plazo, regulan la temperatura local, el flujo y la calidad del agua purificándola, controlan las crecidas, recargan los acuíferos, y son una gran fuente de biodiversidad de flora y fauna, representando un factor clave para mitigar el cambio climático por su gran capacidad de absorber CO2 (incluso más que los bosques).

El notorio incumplimiento de las normas responde, como siempre, a la protección de intereses económicos. Nada nuevo.

En estos humedales la producción ganadera fue -y continúa siendo-, una actividad sumamente extendida, al punto de considerarla “tradicional”, práctica desarrollada desde los principios de la colonización.

La quema de pastizales es una práctica que se utiliza hace décadas como herramienta para eliminar los pastos secos que se forman en la zona y favorecer el rebrote más fuerte de las pasturas nuevas.

Las características propias del Delta también “explican” el por qué de esta práctica. Quemar estos pastos y malezas es, básicamente, la forma más fácil de eliminarlos dado que las islas dificultan el acceso de maquinaria necesaria para sacarlos de otra manera.

Pero no sólo en los humedales se realizan estas prácticas: las sierras cordobesas también están siendo castigadas por el fuego, por los mismos motivos.

Miles de veces ha sido denunciado por organizaciones y especialistas defensores del medio ambiente que el avance del agronegocio y la destrucción del bosque nativo durante las últimas décadas ha provocado la sequía de cursos de agua. Hoy son incendios incontrolables.

No es una catástrofe natural, más allá de que los vientos y el clima alienten el fuego. Si se aplicara adecuadamente la Ley de quemas, esto no debería haber ocurrido.

Pero detrás de estos incendios no solo está el agronegocio, también el extractivismo urbano, la especulación inmobiliaria, que apetece esas tierras para convertirlas en barrios cerrados o countries.

Los intereses políticos, el lobbie de las mineras, los grandes capitales del agronegocio, convergen en un caldo de cultivo de desastres. Nadie acepta límites a su actividad extractiva, ni siquiera una norma. (Nota de opinión para Cambio 2000)

Categorías