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El sentido común se adaptó al barbijo

Por Lautaro Peñaflor Zangara

A pesar de ciertas frases elusivas empleando el potencial, reúne cierto consenso que el país está entrando en la llamada “segunda ola” de contagios de coronavirus. Esta etapa nos enfrenta con algunas adversidades extra, respecto al primer turno.

En principio, el piso de casos no es cero, sino miles de contagios a partir de los cuales se prevé una fuerte escalada. Además, circulan en el país por lo menos cuatro variantes del virus, entre las que está la llamada “cepa de Manaos”, altamente contagiosa y, en parte, causante del caos que reina en Brasil, uno de los países más afectados por la pandemia a nivel mundial.

No obstante, transitamos un momento en el que la información sanitaria debe provenir de los expertos. Desde este lugar, sí podemos hablar del otro cincuenta por ciento: la gestión política de la situación sanitaria.

En este sentido, la primera cuestión que debemos advertir es que la primera gran herramienta que utilizaron los gobiernos mundiales para contener la expansión de los contagios, los aislamientos estrictos, ya no pueden aplicarse con la misma facilidad por dos razones: la economía y el humor social.

En el primero de los sentidos, el INDEC marcó que la pobreza en Argentina trepó en el segundo semestre de 2020 al 42%. La indigencia, en tanto, llega al 10,5%: una décima parte del país, literalmente, pasa hambre al no poder consumir en el día los nutrientes básicos.

Ya sin IFE y con programas de protección al empleo muy selectivos, una nueva cuarentena es una exigencia que, sencillamente, quienes necesitan trabajar para vivir no pueden cumplir. Tampoco pareciera que, en un año de elecciones, sea la intención del gobierno.

Los distintos sectores políticos de nuestro país no parecen apuntar este aspecto. Sus intentos de consenso, también limitados, se relacionan con la posibilidad de postergar o suspender las PASO. ¿Y si acuerdan abandonar las chicanas en relación a los dos temas más preocupantes en la actualidad, que son la pobreza y la pandemia?

Aquí llegamos al segundo ítem: ¿qué sucede si la situación obliga a tomar medidas fuertemente restrictivas? Es completamente razonable pensar que, después de más de un año de incertidumbre, de un relato diario signado por las cifras de contagios y fallecimientos, de cambios significativos en nuestra vida cotidiana que repercuten en nuestros afectos, nuestras actividades económicas y nuestros pasatiempos, el desgaste sea tal que puedan existir reacciones populares adversas. Sucedió en otras partes del mundo.

Algo de este humor social también es canalizado irresponsablemente por algunos sectores políticos. Desde el lado de los oficialismos, es también la consecuencia de gobiernos que se ven obligados al ejercicio de prueba y error, afectando su credibilidad.

En medio de esta encrucijada, y volviendo al origen, si el nivel de aumento en los contagios se sostiene también puede perder el gobierno aquello que exhibe como su principal logro: “a ningún argentino le faltó un respirador”.

Queda claro que no “salimos mejores”. Que el sentido común se adaptó al barbijo sin poner nada en cuestión y las reglas que rigen el mundo ratificaron el rumbo que, muy probablemente, nos trajo hasta acá. Basta observar los criterios mundiales para el acceso a las vacunas. La “nueva normalidad” es una falacia. No podemos establecer en concreto de qué se trata, sin que se parezca a la vieja. Lo concreto es que, así las cosas, las chances de éxito se reducen a la egoísta e insuficiente idea de “responsabilidad individual”.

“Una cosa es acostumbrarse a convivir con el coronavirus y otra es ignorarlo”, dijo de manera muy gráfica la infectóloga de Bahía Blanca Laura Spadaro. Debemos tomar nota al respecto en todos los niveles de nuestra sociedad. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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