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El punto que nos estanca

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Quieren eliminar las PASO. No importa cuándo leas esto, siempre algún sector está promoviendo que las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias no se realicen. Este año el motivo es la pandemia, pero sería falaz sostener que el coronavirus es un factor excluyente a la hora de plantear modificaciones en esta instancia electoral.

Desde 2011, cuando debutó la modalidad, distintos sectores las defenestraron con calificativos que van desde “encuesta cara” hasta “gasto innecesario”. Las críticas suelen provenir principalmente del PRO y Juntos por el Cambio, sin embargo, cuando fueron gobierno no impulsaron su supresión.

La particularidad de este año es que, a priori, es el oficialismo peronista quien propone la postergación y la oposición quien, desde lo discursivo, no acepta la modificación. La fuerza de gobierno ofrece postergar por única vez las elecciones primarias y realizarlas en septiembre, en lugar del 8 de agosto, fecha prefijada según el calendario oficial.

Aun así, la respuesta de Juntos por el Cambio es que la oferta del gobierno “tiene que significar una mejora estructural y no solo para esta elección”.

Es decir, la pandemia (como en otros aspectos de la vida política) no parece resultarles un hecho lo suficientemente extraordinario como para adoptar medidas que atañan únicamente a su universo temporal. En tal caso, ¿legislar desde la excepción para la generalidad no implicaría un real cambio de las reglas de juego?

Pese a que se manifestaron en contra a través de un ruidoso comunicado, lo concreto es que fuera de lo retórico las negociaciones avanzan en buen sentido y parece haber consenso. Elisa Carrió se expresó a favor de la postergación. Sergio Massa dijo que no le parece correcto “someter” (vaya expresión) a las personas a ir dos veces a votar.

En este punto debemos expresar que resulta saludable que los distintos sectores políticos de Argentina logren alcanzar acuerdos, aunque se trate de un aspecto con relativo peso específico respecto a su importancia.

Durante la pandemia no son pocos ni todos lejanos los países que celebraron elecciones. Sí es cierto que en muchos de ellos la participación tendió a disminuir, aunque levemente. Pero también lo que es en ninguno de ellos se presentaron picos de contagios vinculados.

Podríamos discutir cuáles son las deudas del sistema democrático. O si, tal y como lo concebimos, en su insoslayable vinculación el sistema capitalista, logró brindar respuestas a la altura de la crisis humanitaria de la pandemia. Incluso sería más productivo debatir si votamos muy seguido, más allá de cuántos turnos electorales tiene cada elección. Pero la discusión que logra consenso entre nosotros es tan pequeña como atrasar cuatro semanas la votación.

Aquí nos encontramos con un problema real de nuestra dirigencia: son incapaces de generar bases de acuerdo alrededor de ciertos temas que ameritan urgencia y determinan nuestra suerte colectiva.

¿No sería útil acordar los lineamientos para la gestión política de la pandemia, y abandonar las chicanas y las fake news en este terreno? ¿No resultaría sumamente provechoso abordar en conjunto la triste realidad de que en Argentina prácticamente la mitad de la población vive en situación de vulnerabilidad por la pobreza? ¿Incluso no podría encararse una estrategia en común respecto a la enorme deuda con el FMI que condiciona el normal desarrollo de las políticas económicas nacionales?

No se trata de abandonar el conflicto, pues el mismo motoriza el movimiento de las sociedades y genera discusiones que pueden torcer rumbos. Tampoco significa que alguna discusión actual parezca romper el status quo: por el contrario, los debates parecen centrarse en el ego que reside en cada figura política y no en sus ideas. Quizás deberíamos reflexionar sobre si no está aquí el punto que nos estanca. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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