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El primer alfajor transgénico

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Hace algunas semanas comentábamos en este espacio que Argentina tendría un nuevo y triste hito para su historia: se convirtió en el primer país del mundo en desarrollar y aprobar el uso del trigo transgénico.

A pesar de que en nuestro país el cultivo abarca 6,8 millones de hectáreas, que representan 21 millones de toneladas anuales, fue un puñado de empresarios, científicos y funcionarios quienes dieron luz al uso de los agrotóxicos glifosato y glufosinato de amonio en él.

Por esa razón no sorprendió cuando una famosa marca de alfajores típicos de la Costa Atlántica anunció con bombos y platillos que, en asociación con una empresa agrícola, “mejoraría su receta” aplicando, ni más ni menos, que estas variedades modificadas.

El trigo HB4 fue celebrado corporativamente por su tolerancia a la sequía. Se lo celebró políticamente atravesando la grieta y sin considerar las responsabilidades de su impacto en el ambiente, tal y como sucede con los desmontes y el uso de agrotóxicos. Se lo presentó como una “unión virtuosa” de salarios estatales al servicio del sector privado.

Los avales científicos estuvieron dados por Conabia, Comisión Nacional de Biotecnología, de cuyos 34 integrantes, 26 pertenecen a compañías o tienen conflictos de intereses al respecto. Al servicio de quién está la ciencia es un interesante debate.

El presidente Alberto Fernández firmó su aprobación, publicada el 9 de octubre pasado, algo que ni Mauricio Macri se atrevió a hacer. ¿Por conciencia ambiental o de salud? Claro que no: porque en países como Brasil, socios comerciales de Argentina, todavía no se lo autoriza. Por esa razón aún no se escaló su producción: benditas sean las exportaciones.

Desde allí, están dados todos los pasos para que los argentinos y las argentinas comamos pan con trigo transgénico. Pan y todos aquellos populares alimentos que conforman nuestra dieta por antonomasia.

Claro que en nuestro sistema no todos los votos valen uno. De hecho, no podríamos afirmar que este tipo de iniciativas reúnan consenso popular, como sí podemos afirmar que lo reúnen en las distintas aristas de poder, minoritario pero con peso a la hora de decidir.

De hecho, más de 250 organizaciones sociales, campesinas y ambientales de Argentina se expresaron en contra del trigo HB4. Lo hicieron a través de una nota llamada “Con nuestro pan no”.

Plantean que la aprobación fue “un avance del agronegocio sobre la alimentación de los pueblos y la agricultura que no podemos aceptar y que nos obliga a denunciarla y resistirla por todas las vías posibles”, pidiendo que se dé marcha atrás con “la medida autoritaria que solo puede explicarse por la sumisión a los intereses corporativos”.

Difundieron 20 puntos que justifican las razones de su rechazo. Entre ellos, que multiplicará el consumo de agrotóxicos, que contaminará a los trigos no transgénicos, que “se aprovecha la sequía que asola al país para introducir una tecnología de dudosa eficacia”, que “no queremos consumir alimentos transgénicos”, que los transgénicos promueven los monocultivos y estos degradan los ecosistemas y la soberanía alimentaria y que no se garantizó la participación ciudadana en el proceso de aprobación de este evento transgénico.

También dieciséis entidades del agronegocio cuestionaron esta variedad de trigo, a través de un comunicado titulado “La aprobación comercial del trigo HB4 es una invención científica nacional y un riesgo económico extraordinario”. Cuestionaron que el gobierno haya aprobado el transgénico sin escuchar a todos los actores.

El anuncio de la marca de alfajores implicó destapar una olla que, sabíamos, en algún momento iba a abrirse e implica un debate que excede a ese producto. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000 / Foto: Proyecto Squatters)

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