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El populismo avanza

Por Lautaro Peñaflor Zangara

El 17 de agosto una gran cantidad de ciudadanos protestó en Argentina. En reiteradas oportunidades nos hemos manifestado en este espacio a favor de la protesta como forma de expresión inherente de las sociedades libres y democráticas. Este caso no es la excepción, siempre considerando el respeto de las medidas tendientes a proteger la salud colectiva.

Sí podemos analizar las características de la manifestación, los discursos que allí circularon y las consecuencias que de allí podrían engendrarse. Es que, contrariamente a las dos maneras en que se tendió a cubrir el evento, no se trató de una suelta de personas fuera de sus cabales ni de un acto patriótico en sí mismo.

Contra qué se protestaba es la primera pregunta que surge, a raíz de observar la multiplicidad y heterogeneidad de consignas inconexas. ¿Contra la cuarentena? ¿Por la enfermedad? ¿Contra la infectología? ¿En oposición al gobierno nacional? ¿En contra del gobierno de la ciudad donde fue el epicentro de la jornada, que está gobernado por el partido que llamó a manifestarse? ¿Contra el orden mundial? ¿Contra la reforma judicial?

Por todo y por nada a la vez. En realidad, la concentración tuvo algunos elementos de catarsis colectiva. Es comprensible, en un contexto de bronca a raíz de una pandemia que modificó la vida social e individual de todos y cada uno de nosotros, que pasó a estar marcada por las vivencias y relatos sobre una enfermedad. Sobre todo teniendo en cuenta que esto sucede desde marzo y que no es posible saber hasta cuándo será así.

Sí debemos poner el ojo en quiénes amplificaron la convocatoria: principalmente, una oposición de mensajes ambiguos y algunos medios de comunicación de línea comercial.

Precisamente por este segundo grupo puede explicarse la visibilidad de esta protesta, en comparación con otras que también sucedieron desde que comenzaron los esquemas de aislamiento y que contenían reclamos urgentes y concretos. Es el caso, por ejemplo, de las movilizaciones por la quema de humedales en el Delta, la marcha en Córdoba contra un caso de gatillo fácil o las movilizaciones en Esquel oponiéndose a la instalación de emprendimientos megamineros altamente contaminantes, que avanzaban cuando el resto del país estaba detenido.

Nada de esto generó alguna inquietud en quienes sí decidieron magnificar esta versátil convocatoria. Debemos ponderar que ciertos actores políticos están dispuestos a capitalizar la situación, en nombre de la “libertad”.

Es llamativo el concepto de libertad que tienen aquellas personas que pudieron manifestarse, sin que nadie reprimiera, en plena pandemia. Algunos de ellos, caras visibles de feroces represiones en protestas sociales pocos meses atrás. Quizás ahora hayan descubierto el valor de poder expresarse pública y colectivamente sin intervención policial.

Cuesta conceptualizar precisamente a qué se refieren, al no observarse un planteo propositivo. Quizás sólo se aferren a la palabra del momento, poniendo en circulación mensajes irracionales y hasta contradictorios.

Estamos en presencia de una suerte de “antipopulismo” que incorpora, paradójicamente, estrategias populistas a sus formas de construir política. Sucede cuando canalizan la bronca colectiva a raíz de una situación per sé frustrante, para motorizar una convocatoria masiva en plena pandemia, sin consignas definidas más que la demostración de que -enhorabuena- pueden salir a la calle. Sería deseable que lo hicieran para expresar algún reclamo determinado.

“El populismo ha desarrollado un sistema en el que ellos dicen que representan al pueblo”, expresó hace poco tiempo Mauricio Macri. ¿De cuánto de este concepto se vale su propio partido, conducido por él mismo desde Francia? Cuidado, el populismo avanza. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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