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El peor animal

Por Maia Franceschelli

El pasado 29 de abril se celebró el Día del Animal, fecha de carácter nacional que surge como homenaje al abogado Ignacio Albarracín, pionero y propulsor de la Ley Nacional de Protección de Animales, Nº 2786, promulgada el 25 de julio de 1891, norma considerada precursora del proteccionismo animal.

Como toda fecha conmemorativa, esta tiene como objetivo invitarnos a la reflexión y a partir de ello poder analizar el curso del accionar que venimos llevando a cabo respecto al tema en cuestión.

Resulta pertinente la revisión a fines de poder evidenciar la cosmovisión antropocéntrica, impuesta por la lógica colonialista occidental que impera. Desde esta perspectiva, podemos decir que el hombre no ha hecho más que imponer una relación de abuso y sometimiento para con el resto de la naturaleza.

A modo enunciativo, y sin intenciones de que la señalización sea considerada de modo excluyente, mencionaremos algunas de las situaciones donde queda demostrada la relación jerárquica a la que hacemos mención, sobre todo, lo que sucede con los animales no humanos.

En anteriores oportunidades aludimos a la forma en que operan las grandes industrias alimenticias, centros de sometimiento animal. Estos son espacios de confinamiento donde se subyuga a los animales a tratos crueles e insalubres, con el fin de obtener un producto final.

El uso de insumos de origen animal en nuestras prendas de vestir, o en artículos meramente decorativos, da cuenta de nuestro desprecio. Los sometemos a experimentos de diversa índole con fines científicos, farmacéuticos y cosmetológicos, siempre para satisfacer “nuestras” necesidades, más impuestas que propias.

Nos valemos de numerosas especies para el entretenimiento y la diversión. Ejemplo de ello son los oceanarios, los zoológicos, las carreras y las riñas -a pesar de estar algunas expresamente prohibidas- Los empleamos para trabajar, como ocurre verbigracia con los perros que se desempeñan como agentes de la policía.

Siempre presente está la venta, el abandono y el maltrato cotidiano, sobre todo en aquellos animales que elegimos como compañía para el hogar. Por último y no menos importante de mencionar, corresponde exponer la destrucción que llevamos a cabo de sus hábitats y ecosistemas.

El plexo actual normativo cuenta con varias leyes y adhesiones a tratados que tienen como objetivo el respeto del hombre hacia el resto de las especies. Incluso, si hacemos una lectura integral de la Constitución Nacional, también allí encontramos base para sostener lo antes dicho.

Sin embargo, así como las normas representan una herramienta para resguardar los derechos de los animales, también se utilizan como medio para legitimar actividades que ponen en jaque esta pretensión de respeto.

Traemos nuevamente a mención a los proyectos extractivistas, como lo son la megaminería a cielo abierto, las plataformas petroleras en la Amazonía o los monocultivos de soja. La ampliación de los centros urbanos que trae consigo la desertificación, producto del avance del cemento y de las empresas. Las amputaciones ecológicas, la contaminación de las aguas, la pérdida de bosques y praderas naturales, el deterioro de los suelos y la contaminación por agroquímicos.

Si a la naturaleza le va mal, a nosotros también. Deberíamos entonces, por lógica, ponerla en un lugar más importante en nuestro consciente colectivo, por encima del ser humano.

Las leyes y todo el sistema legal sirven tanto para garantizar derechos como para socavarlos. Quizás sea momento de pensar otra(s) forma(s) de organizarnos. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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