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El pan (aún más) transgénico se acerca a nuestras mesas

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Meses atrás dedicamos este espacio a la variación HB4 del trigo: una modificación genética que, dicen, “es tolerante a la sequía”. Claro, ese es el caballo de Troya. En realidad, se trata de un cultivo transgénico que demanda la utilización en grandes cantidades de glufosinato de amonio que es, ni más ni menos, que el sucesor del tristemente célebre glifosato.

Cuando hablamos del HB4 por primera vez, fue porque una reconocida marca de alfajores muy vinculada con Mar del Plata anunció que lo utilizaría para sus productos en el futuro. Fue sólo el preludio.

En las últimas semanas, el tema volvió a la agenda con mucha impronta. Es que Australia lo aprobó y China hizo lo propio con la soja HB4. Políticamente, no hubo grieta. Prácticamente todo el espectro político, con poquísimas honrosas excepciones, celebró estas noticias. Oficialismo y oposición, al unísono.

Comercialmente, dicen, implica una gran noticia para el país. Por supuesto que no mencionan los aspectos ambientales, sanitarios o, incluso, sociales. Desoyen el reclamo de cientos de organizaciones sociales y campesinas, además de miles de científicos que piden detener el avance de este transgénico.

Denuncian la falta de transparencia en el procedimiento de aprobación, la contaminación que producirá sobre otros cultivos no transgénicos y el aumento de agrotóxicos que supondrá su producción, entre otros puntos.

Por el contrario, el gobierno nacional decidió autorizar el trigo HB4, decisión con la cual la empresa Bioceres podrá comenzar a utilizarlo. En resumidas cuentas, ni el macrismo se animó a tanto. A partir de ahora, comenzamos a descontar para que el pan que llega a nuestras mesas sea (aún más) transgénico.

Justamente aquí debemos detenernos un instante: pese a que el desarrollo de esta variación transgénica fue financiado, en gran parte, por el Estado Nacional a través del CONICET, con la dirección de la científica Raquel Chan y la participación de la Universidad Nacional del Litoral,  las licencias (y, por lo tanto, las regalías) serán para Bioceres.

Sí: otra forma de extractivismo. Imaginemos, por contrapartida, qué sucedería si el gobierno pretendiera eventualmente modificar las retenciones al agro. A pesar de que se financian sus negocios, no estarían dispuestos a aportar más. Así lo han demostrado sistemáticamente. Cabe destacar que Bioceres cotiza en la Bolsa de Nueva York y cuenta entre sus accionistas a los millonarios Gustavo Grobocopatel y Hugo Sigman.

Si hablamos de decisiones contrarias a los intereses de los pueblos y de dudosa calidad institucional, también podemos mencionar que la aprobación del HB4 va a contramano de las medidas solicitadas por la Fiscalía Federal y la Defensoría Pública Oficial, que pidieron al Poder Judicial suspenderla de inmediato. Argumentan que el mecanismo de autorización viola la Ley General del Ambiente y el artículo 41 de la Constitución Nacional, entre otras. Un ejemplo más de que la ley puede ser simplemente letra muerta…

De hecho, Brasil -uno de los principales socios económicos de Argentina- aprobó los derivados del trigo transgénico, como la harina, pero no permitió el cultivo en su suelo. Si hablan de “adaptarnos al cambio climático”, no son precisamente estas las acciones que se requieren. La degradación de la tierra y el envenenamiento de los pueblos son parte del problema, nunca de la solución.

Lo que subyace de esta situación es una clara disposición de la ciencia y la tecnología, financiada por el Estado, al servicio de los mercados, en su mayoría, elitistas y trasnacionales. Un desarrollismo bobo que beneficia, ya no a pocos, sino a una irreductible minoría, mientras los perjuicios deben ser soportados por las enormes mayorías.

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