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El palito de abollar ideologías

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Diciembre de 2015. María Eugenia Vidal, sin estar aún en funciones, era la gobernadora electa. Por ese entonces, cercano y lejano a la vez, se desempeñaba como Vicejefa de Gobierno porteño. Por esos mismos días, Lucas Cabello recibía tres disparos por parte de un agente de la policía metropolitana, de 20 años y con 6 meses de antigüedad. 

Fue Vidal quien debió dar explicaciones al respecto. «No descartamos que haya un caso de violencia de género«, explicó en su momento. Al recordarlo, parece haber sido premonitorio de lo que vendría después, porque días atrás se difundió un video en el que la mandataria utiliza un caso de violencia machista para grabar un spot, luego no utilizado.

Pero no fue lo único que nos anticipó: el mecanismo de violencia policial y su posterior justificación oficial comenzó a repetirse con más frecuencia. El punto más álgido, quizás, fue cuando se cristalizó la peligrosa «doctrina Chocobar», surgida a partir del caso en el que un policía mató por la espalda a un joven que había cometido un robo, posteriormente recibido por Mauricio Macri.

El presidente de la Nación atendiendo en la casa de gobierno a una persona imputada de homicidio, con todas las instancias judiciales que deben decidir su culpabilidad, aún pendientes. Cuesta encontrar casos similares no sólo en Argentina, sino en el mundo.

Un poco por creencia ideológica y otro poco por “focus group”, el discurso se volvió cada vez más fuerte y, no podíamos esperar otra cosa, proliferó entre los agentes de seguridad públicos y privados. Se sienten irresponsablemente avalados en el posible ejercicio abusivo de su profesión. Y lo están: dos casos recientes y su cronología así lo demuestran.

En una sucursal del supermercado Coto, dos cuidadores de la empresa golpearon a Vicente Ferrer, de 68 años, quien murió posteriormente de un derrame cerebral, producto de un traumatismo craneoencefálico.

El motivo: el hombre se llevaba en el interior de su abrigo un trozo de queso, una botella de aceite de oliva y unos chocolates. Los pagó con su vida y es imposible no pensar en, al menos, otras dos formas de crueldad: el hambre y la desprotección hacia los ancianos. Todas ellas, recrudecidas durante los últimos años.

Retrocediendo en el tiempo, días antes se viralizó un video en el que un agente de la policía metropolitana pegaba una patada en el pecho a un hombre producto de la cual cae y muere. Ya mencionamos que, luego de un “exceso de funciones” lo que sigue es su justificación desde el poder.

Fue entonces que la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, defendió la actuación del efectivo. “Estaba protegiendo a los ciudadanos”, dijo refiriéndose a la muerte de otro ciudadano.

No emergen de la nada misma casos como lo sucedido en Coto o el hombre que murió producto de una patada, ni es atinado cargar las responsabilidades sobre los policías o los empleados de seguridad: sólo condenar a ellos es omitir la cadena de responsabilidades, que llega a la empresa – en ese caso- y al poder político.

La linealidad es innegable y grafica de manera explícita cómo funciona la legitimación: una discursiva permanente en sentido de promover la actuación de las fuerzas de seguridad sin parámetro ninguno, genera como resultado un recrudecimiento de la violencia.

No podemos omitir la directa relación entre un funcionariado que habilita fáctica y discursivamente la represión policial en nombre de la democracia sistemáticamente durante tres años y medio, y las consecuencias que de ello se desprenden.

“El palito de abollar ideologías”, llama al garrote de la policía la siempre lúcida Mafalda en una de sus viñetas más conocidas. Un mal que, desde hace décadas, debemos erradicar. (Artículo de opinión para Cambio 2000).-

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