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El mundo visto desde la normalidad

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Las personas con discapacidad han sido eternamente rezagadas a un lugar de inferioridad y exclusión permanente, que se cristaliza desde lo más cotidiano hasta lo más grande.

¿Por qué sucede esto? Si pensamos en el aspecto terminológico podemos ver algo de luz. La manera de llamar a las personas con discapacidad fue variando a lo largo del tiempo. Una de las primeras formas fue “minusválidos”. Menos válido. ¿Menos válido respecto a qué?

Siempre en relación con la visión económica de la productividad. En un paradigma en el que todos somos potenciales operarios, valen menos quienes producen menos y, además, generan lo que se percibe como un gasto para los Estados. Los demás, pasan a ser parte de “la normalidad”.

La noción evolucionó en el concepto de “minoridad”, para designar a aquellos que necesitan de un tutelaje especial incluyendo en este grupo a niños, personas con discapacidad y, hasta hace no tanto, mujeres, sin distinciones dentro del complejo entramado que cada grupo conforma.

En el caso de las llamadas “discapacidades”, según el Censo 2010 el 12,9% de las personas conviven con alguna discapacidad. A nivel global, según la OMS, el porcentaje es de un 15%. Estos datos no sólo revisten significancia numérica, sino también respecto a la variada y compleja trama de realidades que abarca este grupo, entre diversidades funcionales motoras y mentales, además de situaciones de discapacidad, de las que nadie está exento.

Posteriormente comenzó a llamárselos “discapacitados”, sin distinción. No capaz. Formulado como un adjetivo, a la persona se la definió por la negativa, una vez más, respecto a la capacidad de producir y comparándolos con quienes tenemos todas las extremidades y parámetros psíquico socio culturales similares.

Las normas laborales hablan de “incapacidades” totales, parciales, permanentes o transitorias y las leyes penales de “idiotas o dementes”.

Son usuales términos como “enfermo” o los diminutivos. Cuando se habla de una persona usuaria de silla de ruedas decimos que “quedó” en ella y hablamos de “estar postrado”, sin tener en cuenta que postrar significa poner de rodillas, humillar, rebajar, debilitar. Sufren, padecen y sólo se difunden sus historias cuando se les considera héroes o ejemplos. Sólo tienen visibilidad cuando son Stephen Hawking.

El lenguaje peyorativo les acompañó toda la vida y también les constituyó y nos constituyó, mal enseñándonos que las personas con discapacidad son sólo eso. Fuimos acostumbrados a sentir lástima y percibir inferioridad, en lugar de considerarles iguales y fomentar sus potencialidades, ni mejores ni peores.

Es imperioso, en este sentido, cambiar la mirada: la desventaja social surge porque el mundo fue creado por y para “normales” y la normalidad es, ante todo, una cuestión de poder en el sentido ya mencionado.

Hoy los expertos consideran correcto hablar de “personas con discapacidad” y, como el lenguaje está en constante construcción popular, podemos esperar que en algún momento la noción capitalista deje ser central en este sentido.

Más allá del asunto lingüístico, las personas con discapacidad requieren de espacios accesibles: de nada sirve un “baño inclusivo” si las veredas tienen inclinaciones imposibles de transitar, no hay rampas o las que existen no fueron bien construidas.

Necesitan que la burocratización de su situación sea menos compleja e imposibilitante cuando de acceso a derechos hablamos, hoy sostenido gracias a la incansable labor de instituciones especializadas.

“Si todos los espacios fueran accesibles, si la discapacidad fuera la norma y no la excepción, el discurso de la inclusión perdería eficacia”, dijo Stella Young, activista y comediante. Quizás a partir de esa perspectiva deberíamos comenzar a construir. (Nota de opinión de Lautaro Peñaflor Zangara para CAMBIO 2000)

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