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El fin de las desigualdades

Por Lautaro Peñaflor Zangara

“Es más fácil imaginar el fin de la humanidad que el fin de la desigualdad”, dice Alejandro Grimson en el texto “El futuro después del COVID-19”.

Es que en momentos como el que estamos transitando, todos los cimientos que sostienen nuestro sistema parecen sucumbir y se pone en duda cada extremo de los paradigmas vigentes. Sin embargo, como suele decirse al hablar del coronavirus, la pandemia puso de manifiesto muchas de las miserias que arrastramos.

Es el caso de la pobreza: hay más pobres y también los habrá. Cuesta tomar dimensión de la envergadura que implicará la recomposición económica y social luego de una crisis que, se anticipa, es la peor que se recuerde desde 1930.

Aunque los indicadores macroeconómicos puedan mejorar, el desarrollo económico mostró que puede desplegarse escindiendo a las mayorías del bienestar, la salud, la vivienda, el acceso al conocimiento, el goce de un medioambiente sano y pleno…

¿Cómo hará el mercado de trabajo para absorber entre un 40 y un 45% de la población que estará bajo los estándares de la pobreza? La situación requerirá respuestas ingeniosas, que escapen de los fracasos que ya experimentamos. En la capacidad de construir comunidades que excedan la verticalidad del poder hay posibles respuestas.

Nuestra sociedad tiene precedentes a la hora de transitar crisis humanitarias y sostener el tejido social. Si recordamos el 2001, la organización político-comunitaria de centenares de ciudadanos generó redes que fueron capaces de contener la situación.

Es comparable a lo que está sucediendo en este momento, sobre todo, en los barrios más vulnerados: ollas populares, comedores infantiles o familiares, cooperativas que fabrican barbijos para repartir, personas que se organizan para dar apoyo escolar en tiempos de educación virtual…

Quienes transitan esos circuitos aseguran que donde había un centro de contención, comedor, sala de salud, etcétera, ahora hay más. Esa capacidad de generar respuesta social a través de redes autogestionadas, comunitarias, genuinas y desde abajo es algo que debemos destacar de nuestra sociedad. No obstante, las cámaras de televisión solamente llegan allí para cubrir los hechos a través del filtro del morbo.

Un esquema similar se presenta respecto a las fábricas recuperadas: aquellas que cerraron y en las que sus operarios se organizaron para continuar con la producción, sosteniendo los puestos laborales. En Argentina existen 400, que generan 18.000 puestos de trabajo. Si se tienen en cuenta las cooperativas, llegan a 115.000.

Estos sistemas persisten aunque no reciban ayuda estatal, o lo hagan en proporciones paupérrimas. Esquivan los devenires de la política que se ejerce con traje y corbata. Por esa razón serán claves en lo sucesivo: porque nada ni nadie puede asegurar que los gobiernos sostengan políticas de seguridad social.

Este tipo de organización permite ver aliados en las personas de al lado, y no potenciales contagios para desactivar. Para ellos, organizarse es una forma de resistencia en un sistema que selecciona quiénes viven y cómo lo hacen, desafiando así las normas de la tanatopolítica que, en pandemia, pusieron en una cuerda floja a personas pobres, viejas, privadas de su libertad, con discapacidad…

No significa que sea deseable llegar al extremo de necesitar ollas populares, sino de reconocer en esa fuerza una forma de organización que mostró buenos resultados en los peores momentos -aún lo hace, pese a la demonización que a menudo sufre- y que, a través de la autogestión y la generación de comunidad, tiene la potencialidad de esquivar los vaivenes de la coyuntura.

Comenzar a imaginar “el fin de la desigualdad”, indudablemente, implica cuestionar a quiénes favorecen las redes de poder y en desmedro de quiénes avanzan. (Nota de opinión para CAMBIO 2000)

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