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El desafío de sostener la esperanza sobre un futuro incierto

Por Analia Ablin (*)

En 1930, en su obra El malestar en la cultura, Sigmund Freud explicó que el sufrimiento del sujeto podía provenir desde tres fuentes de origen… “El propio cuerpo (por los cambios evolutivos y enfermedades), los vínculos humanos (por la imposibilidad de que las leyes puedan regular de forma absoluta los lazos sociales) y las fuerzas de la naturaleza…” (1) La vigencia actual de estos planteos parece incuestionable y por ello podemos tomarlos como piedra basal para pensar diversas perspectivas sobre lo que nos ocurre en este singular momento.

A finales de 2019, países y continentes enteros comenzaron a agitarse por lo que finalmente sería definido como la pandemia del covid-19. Poco después y en numerosos países, miles de millones de personas tuvieron que interrumpir su rutina habitual y sus comportamientos cotidianos por el cierre dispuesto a través de las llamadas cuarentenas. Aquí, no fuimos la excepción y, por decreto del poder ejecutivo a mediados de marzo, quedamos sometidos a un aislamiento particularmente exigente.

Con ciertos rasgos de sensacionalismo, un cúmulo de información comenzó a circular por los diferentes medios de comunicación respecto a quienes no acataban la normativa, a los números de fallecidos y contagiados por la enfermedad, abrumando y agobiando nuestro psiquismo, cuyos efectos han sido entre otros, ansiedad, miedos, temores, pánico, angustia, depresión, estrés, etc.

Esos mismos medios de comunicación también expusieron en la vidriera de las pantallas la vida de las personas en diferentes países, intentando desmitificar por momentos, que en el llamado primer mundo se viva mejor y recalcando que, aunque si así fuese, no todos viven allí de la misma forma. Sin embargo, no se informa con claridad sobre lo que sucede en Latinoamérica, más allá de “asustar” con algunos datos, y se ignora casi por completo lo que ocurre en África.

Sobre el origen del virus SARS-CoV-2 existen muchas explicaciones posibles, incluso algunas que podemos calificar de conspirativas por la forma en la que aluden a su origen artificial. Lo que sí resulta interesante es pensar como se obvian o apenas mencionan en estas consideraciones cuestiones ambientales, que pueden haber sido factores coadyuvantes en el contacto entre humanos y poblaciones silvestres de animales y en el salto de formas virales de unos a otros. Casi no se nombra a la deforestación, al extractivismo o a la “invasión” de agrotóxicos, aunque muchos científicos hayan advertido en su momento sobre estas cuestiones como posibles causas para la diseminación de nuevas variedades virales a las que los seres humanos estarían expuestos, de continuar con la misma modalidad.   Casi sin poderlo predecir, repentinamente la maquinaria de producción se atascó, se ralentizó en pos de frenar la propagación del virus.

A partir de la situación planteada se fueron abriendo algunas puertas e interrogantes en las personas y en las comunidades.

¿Cuál es el límite para empezar a modificar hábitos personales y de la comunidad, debemos esperar a los hechos consumados? ¿Porque el mundo paró por un virus y no por otros tantos temas que afectan la salud integral de los seres humanos y del planeta? ¿Qué consecuencias tienen las acciones de confinamiento y ausencia de trabajo en las diferentes generaciones? La normalidad anterior ¿era normal por ser masiva?

Asimismo,  algunas situaciones que tuvimos que enfrentar de forma repentina, fueron las siguientes:

– Activar nuestro mecanismo psíquico defensivo para preservarnos, a partir del cual emergieron un conjunto de comportamientos individuales, egoístas, violentos, negación de la realidad,  transgresiones, pero también muestras de mucho afecto y solidaridad como contrapartida.

– Aquello que estaba planificado y calculado, puede caer por tierra de forma insospechada.

– Un presente continuo y un futuro que parece caerse en el horizonte.

– No hay un lugar seguro en el mundo, en el que estemos protegidos de las amenazas naturales.

– El duelo por las pérdidas de proyectos que no se pudieron concretar o deberán postergarse.

– Replanteo de mandatos sociales, concreción de ideales, etc.

– Visibilización de situaciones que esta pandemia nos vino a mostrar.

Debemos capitalizar este aprendizaje, para que no se repita la historia y que la frase dicha hasta el hartazgo “nadie se salva solo” siga siendo el continente para hacer frente a las problemáticas de las comunidades: contaminación ambiental, hacinamiento, desempleo y precariedad laboral, el hambre y la desnutrición, la violencia en sus diferentes manifestaciones, guerras, etc. No hemos de quedarnos quietos e inmóviles hasta que otro nuevo problema supere nuestra capacidad de respuesta.

Debemos trasmitirle a las generaciones venideras el cuidado de los otros, de nuestra tierra, sin postergaciones, si deseamos continuar viviendo en ella y prosperar. Permitámonos soñar nuevamente y que no sea solo en el terreno de lo imaginario.

(1) Freud Sigmund (1930) El malestar en la Cultura. Ed Amorrortur. (pág. 69)

(*) Psicóloga (UNLP) y docente.

(Foto de portada: LEGADO DE GENERACIONES. “Niña regando el árbol ginkgo biloba (símbolo de la longevidad, la esperanza y la resistencia) en Colonia Lapin).

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