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El default también es político

Por Lautaro Peñaflor Zangara

“Política” tiene, al menos, dos acepciones. Refiere a todo aquello que concierne al conjunto, a lo público tendiendo al bien común; y también al juego de relaciones de poder de quienes ocupan puestos en la administración y sus negociaciones.

Cuando la segunda interpretación se impone a la primera la cosa empieza a fallar, porque las decisiones se distorsionan. Y las grandes mayorías pierden.

Sucede cuando el presidente de la Nación no acepta el resultado de la elección en la cual quedó en segundo lugar por amplia diferencia, y culpa a los votantes que no lo eligieron. También cuando el candidato opositor especula sabiendo que dos palabras de más o de menos pueden tener repercusiones en la cotización de la moneda.

La situación institucional inédita, marcada por la pérdida simbólica del poder de un día al otro, luego de una elección, requiere de responsabilidad en la gestión. Si antes de las PASO Macri gobernó con un robusto apoyo que incluía votos, medios de comunicación, soporte de la Unión Europea, respaldo de Estados Unidos y manejo de las tres principales cajas del país -Nación, Provincia y Ciudad Autónoma-, luego de la votación ese poder comenzó a decantar.

Dejó en evidencia que el sistema de primarias, tal y como está pensado, puede generar una crisis de gobernabilidad, debiendo ser repensado, pero no suprimido en tanto representa un elemento de fortalecimiento del estilo democrático y participación ciudadana.

El default político se presenta en esas ocasiones en que las decisiones de unos pocos impactan directamente en las grandes masas. Anunciar un “reperfilamiento” de la deuda para no emplear la palabra que nadie quiere escuchar, es un ejemplo de ello. Una cosa es hacer simple lo complejo para que sea comprensible, y otra muy distinta es pretender evitar que la realidad sea conocida tal y como es.

El gobierno incursionó largamente en el empleo del eufemismo y la metáfora. Detrás de ello hay una profunda subestimación al pueblo. Al igual que cuando algún dirigente plantea a los votantes que deben elegir entre rutas o comida, como si fuesen alternativos.

Como si no existieran la fuga de capitales, la corrupción o las enormes transferencias de recursos hacia los más poderosos intereses económicos para poner en cuestionamiento, antes de los derechos no excluyentes a tener un plato de comida y obras que mejoren la calidad de vida.

El default es riesgo. Es miedo, situación límite, peligro. Significa catástrofe y nubarrones. Cuerda floja. Es un concepto eminentemente económico, pero cuya simbología excede lo relacionado meramente con las cuentas.

El imaginario colectivo nos traslada a nuestras peores épocas, en las que escuchábamos esa palabra y algunas otras: riesgo país, cacerolazos, deuda externa, corralito. Todo aquello que terminó con la consigna “que se vayan todos” forma un umbral que no queremos cruzar.

De vez en cuando, no obstante, alguna de esas piezas emerge. Y a veces son varias esas piezas y tememos que el rompecabezas del horror vuelva a armarse y la historia se repita como un loop del que no podemos salir.

En ese momento de profundísima crisis la salida fue política: la organización popular fue más fuerte y la crisis de autoridad se saldó por la vía institucional. Pero el hartazgo, manifestado de múltiples formas, fue determinante.

Lo peligroso del sistema se evidencia cuando las autoridades no reconocen que este invierno murieron personas de frío y relativizan que la pobreza va en aumento casi permanente por las malas decisiones.

Son momentos para hacer uso de la capacidad política de gestionar situaciones más o menos adversas y no para cuestionar si los ciudadanos saben o no votar. La deuda también es política y es con el conjunto. Y es muy difícil de dejar pasar. (Artículo de opinión para Cambio 2000).

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