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El “chubutazo” y tres metáforas

Por Lautaro Peñaflor Zangara

La actividad minera no tuvo cuarentena. Fue uno de los rubros decretados como esenciales por el gobierno nacional, a raíz de la pandemia. Mientras la enorme mayoría de las actividades económicas se encontraban alcanzadas por restricciones totales, los grandes proyectos extractivistas no descansaban.

Una de las provincias en las que así sucedió fue Chubut, donde hace más de 18 años distintas asambleas luchan porque se prohíba la minería. Ante el avance de los nuevos-viejos negocios mineros durante la cuarentena, decidieron salir a marchar con protocolos, barbijos y distancia social, reclamando que se detengan los proyectos resucitados.

En la provincia hay oro, plata, uranio, entre otros recursos naturales. Invertir en ellos se presenta como una alternativa que brinda certezas, en momentos económicos que se vislumbran casi apocalípticos.  Es algo que reconoció, por ejemplo, Eduardo Elsztain, millonario empresario argentino, dueño del grupo de bienes raíces más grande del país, de un millón de hectáreas de campos, de un tercio del Banco Hipotecario y de edificios en Nueva York, entre otros bienes.

Fue él quien escribió sobre la actual crisis a raíz de la pandemia que “el manual de supervivencia económica de la Argentina dice que, en este contexto (…) cualquier persona con ahorros grandes o pequeños, debería redireccionar una parte significativa de esa liquidez a la única moneda que no puede ser impresa: el oro”.

¿Qué hizo entonces? Se convirtió también en empresario minero e invirtió en los proyectos destructivos de Esquel. Contra poderes de esta magnitud luchan las asambleas de vecinos, juntando firmas pueblo por pueblo, con barbijo y distancia social, durante crudos inviernos de nieve. Esta es, quizás, la metáfora más acabada de la democracia.

Buscan motorizar una iniciativa popular: consiguiendo el apoyo de un 3% del padrón electoral (unas 13.500 firmas), pueden presentar un proyecto de ley a la Legislatura provincial, que debe ser tratado obligatoriamente.

Pretenden prohibir la minería metalífera de la primera categoría del Código de Minería, que incluye metales como el oro, la plata y el cobre, entre otros, además del uranio y el torio. También plantean la prohibición de sustancias como el cianuro y una serie de químicos, que podrían reemplazarlo.

El proyecto de la asamblea ratifica el llamado “principio precautorio”: un dispositivo legal que respalda la adopción de medidas protectoras ante las sospechas fundadas de que ciertos productos o tecnologías crean un riesgo grave para la salud pública o el medio ambiente, pero sin que se cuente todavía con una prueba científica definitiva. Este concepto ya está incluido en la legislación ambiental argentina. Pese a ello, es permanentemente ignorado y eludido. Segunda metáfora.

El camino que recorre la asamblea de Esquel para lograr un “chubutazo” no es fácil. La AFI espió a más de treinta integrantes. Han reprimido sus protestas y denuncian que existieron zonas liberadas. También que el año pasado seis de sus activistas fueron secuestrados y golpeados.

En 2014, una anterior iniciativa popular que habían logrado presentar en la legislatura, terminó siendo tergiversada a través de las modificaciones que incluyeron los legisladores. No sólo resultó una ley permisiva, sino que además una fotografía capturó el momento exacto en el que un contacto al que un legislador tenía agendado como “Minera Gastón” le enviaba un mensaje con cambios a incluir en la normativa que estaban tratando. La tercera metáfora.

La megaminería cierra grietas en la política, pero las abre en las comunidades. Expone de manera precisa la oposición entre los intereses populares y los sistemas de toma de decisiones. Esa contradicción, que deja mucho en qué pensar, no es una metáfora. (Artículo de opinión para Cambio 2000)

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