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El arma “no letal” que a veces mata

Por Lautaro Peñaflor Zangara

En los últimos días, a raíz de un hecho policial, volvió a la discusión pública la posibilidad de que efectivos de fuerzas de seguridad empleen pistolas taser para el cumplimiento de sus funciones. Incluso, funcionarios del oficialismo se manifestaron a favor, entre ellos, Sergio Berni y Sergio Massa.

Se trata de armas de electrochoque con un alcance de ocho metros. Generan un shock que actúa sobre el sistema nervioso, incapacitando cualquier movimiento y generando múltiples tensiones musculares. Quienes desaconsejan su uso, las asimilan a formas de tortura y cuestionan el trato inhumano y degradante que generan.

No se trata de la primera vez que su uso es propuesto. En la Ciudad de Buenos Aires, existen fallos adversos y favorables de 2010 en adelante. En el ámbito nacional, en 2018 se anunció su implementación.

En ese momento, los funcionarios del ministerio de Seguridad hablaron de reemplazar armas de fuego por otras “no letales”, en una afirmación mentirosa debido a que las pistolas de electrochoque son, en todo caso, menos letales, pero no se excluye la posibilidad de que tengan consecuencias negativas.

Finalmente, cambio de gobierno mediante, el reglamento en cuestión fue derogado. No obstante, no existió ninguna prohibición de emplearlas como se dijo: al contrario, se habilitaron para grupos menores de fuerzas federales especiales. Tampoco depende de la Nación su implementación en las provincias, ya que es un aspecto en el que las jurisdicciones tienen su ámbito de reserva respecto a la autoridad central.

Respecto a su letalidad, por ejemplo, en Estados Unidos más de 500 personas murieron después de recibir descargas con este tipo de armas. Un arma “no letal” que a veces mata. En muchos de esos casos, la reacción policial fue por infracciones menores o negativas a detenerse.

Existen múltiples informes que desaconsejan su uso, incluyendo la ONU o Amnistía Internacional. Han mencionado principalmente dos cuestiones: que se subestiman los efectos de las descargas en la salud y la vida de las personas; y el alto riesgo de que estas pistolas se empleen de manera inapropiada. Si con el empleo de armas de fuego de evidente letalidad la posibilidad de que existan excesos es comprobable, en el caso de las pistolas taser el peligro de que existan abusos es evidente.

En 2007, la Organización de las Naciones Unidas recomendó a Nueva Zelanda evaluar abandonar su uso. En 2008, las calificó como “una forma de tortura” en un informe destinado a Portugal. En 2003, recomendó a Países Bajos regular su uso, capacitar a quienes las empleen y no utilizarlas de manera general. En 2014, pidió a Estados Unidos reglamentos más estrictos en tal sentido.

La discusión al respecto carece de contexto y de profundidad. Cada vez que el empleo de pistolas taser se puso en debate no se dejó en claro en qué casos de la difusa fórmula de “peligro inminente” estaría permitido utilizarlas. Tampoco se ofrecieron respuestas respecto a qué sistemas de rendición de cuentas por su mal uso se pueden implementar. No se evalúa su uso con excesiva frecuencia en los países que cuentan con esos elementos ni se considera la posibilidad de que se empleen hacia personas que ya están bajo control policial.

No debería sorprender que dentro de algunas semanas vuelva a hablarse de la edad de imputabilidad o se vincule la migración con la criminalidad. Más policía como respuesta a todo: el populismo vinculado a la represión policial, asunto que ya hemos analizado en este espacio.

Al contrario, la discusión parece más una respuesta refleja ante un problema específico que una evaluación seria de qué destino merece la política de seguridad para llegar a algún resultado concreto. (Nota de opinión para Cambio 2000)

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