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El año en el que el mundo se volvió distópico

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Una distopía es una sociedad ficticia, indeseable en sí misma. Desde el Gran Hermano de Orwell hasta Fahrenheit 451 de Bradbury, pasando por el Mundo Feliz que imagina Aldous Huxley, la literatura hizo de las mismas un género en sí mismo.

Las novelas distópicas, ambientadas en el futuro, son en realidad una crítica al presente. Llevan al extremo un modo de entender la realidad y la dinámica de poder de las sociedades. Quizás por eso, tienen algunas características en común, algunas de las cuales luego desandaremos.

A raíz de la pandemia de coronavirus, el mundo se volvió difícil de transitar para la mayoría de las personas. Nos expuso a la incertidumbre, la angustia, la debilidad, además de imponer nuevas reglas de convivencia social que cambiaron por completo nuestra forma de cotidianeidad conocida. Salir a la calle ya no fue lo mismo. Encontrarse con los seres queridos tampoco. Ni siquiera trabajar o asistir a clases. No sabemos cuánto de esto quedará pero sí podemos afirmar que la promesa de una “nueva normalidad” implica dejar atrás muchos aspectos de la que conocíamos.

Aspectos necesarios para la prevención del coronavirus, como lo es la distancia social, marca una nueva forma de vincularnos, más lejana, más individual. El mundo se volvió más frío, casi robótico en algún punto.

En este sentido, la tecnología suele estar presente en las novelas distópicas. El paradigma de la virtualidad se acercó a nosotros hasta volverse obligatorio, abarcando nuestras relaciones humanas, nuestros afectos y nuestras tareas laborales pero también habilitando nuevas discusiones respecto a cómo habitamos distintos espacios.

Nuestras caras ya no se ven por completo, porque necesitamos utilizar tapabocas para evitar los contagios. Los lugares se volvieron extremadamente asépticos, similares, acordes con la teoría de los “no lugares”: espacios despojados de las expresiones simbólicas de la identidad, las relaciones y la historia.

En las distopías, suelen ser catástrofes las que generan “el nuevo mundo”. En la actualidad, hay quienes hablan de un cambio de paradigma que, esta vez, no llegó luego de una guerra, o al menos en la forma tradicional que los conflictos bélicos solían tener, sino de una pandemia.

Indudablemente las desigualdades sociales y económicas quedaron profundamente marcadas, como suele suceder de manera casi caricaturizada en el género que mencionamos. Esto sucede en dos sentidos: respecto a los individuos, resultando qué sectores deben exponerse a un virus con potencialidad de matar.

Quedó marcado el momento en el que la propuesta fue aceptar y continuar. Con protocolos, con elementos de protección, con distancia social, pero continuar. En el segundo sentido, también sucede respecto a los países y regiones. No creo necesario aclarar a qué grupo pertenece Latinoamérica entre pobres y ricos. Un ejemplo gráfico es observar qué Estados se aseguraron la mayor cantidad de dosis de las vacunas.

En la discusión de ricos y pobres subyace, inevitablemente, el debate respecto al poder. En las novelas distópicas las sociedades suelen estar reprimidas y controladas por los mismos. Es en este aspecto que queda abierta la discusión de cuáles son los poderes que imponen las reglas de la “nueva normalidad”, de qué manera actúan y con qué intereses lo hacen.

En las distopías, el control se vale de distintos elementos para volverlo digerible. O la sociedad se vuelve trivial, carente de preocupaciones, sólo preocupada por los placeres y el entretenimiento; o está cautiva de los mensajes únicos, del dolor o del miedo.

Las distintas gestiones políticas de la pandemia nos enfrentan a nuevas maneras de concebirnos como sociedad, en un año en el que el mundo se volvió distópico y nos dejó mucho en qué pensar. (Artículo de opinión para CAMBIO 2000)

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