|  

El año de la incertidumbre

Por Lautaro Peñaflor Zangara

Estamos despidiendo un 2020 que, sin dudas, puede definirse como un año de incertidumbre. A partir del tercer mes del año, la llegada del coronavirus al país y la instauración de los esquemas de aislamiento determinaron nuestros devenires.

Transcurrimos largas semanas en las que ninguno de nosotros estuvimos de la misma manera que antes. Muchos no pudieron ver con igual frecuencia a sus seres queridos, otros sufrieron las consecuencias laborales o económicas, algunas personas debieron discontinuar alguna actividad que les hacía bien, entre otros muchos ejemplos.

Si bien en un principio las medidas fueron anunciadas por dos semanas, las sucesivas extensiones y el agravamiento de la situación sanitaria tornaron al coronavirus como tema excluyente.

Transcurrieron casi diez meses (y seguimos contando) en los que el relato de nuestros días estuvo marcado por la cantidad de contagios y fallecimientos que cada día se reportan.

Considerando todas estas cuestiones es que se vuelve importante prestarle atención a todo un universo de situaciones que pueden comenzar a evidenciarse, y que están relacionadas con la salud mental.

Sin ánimos de agotar el tema, cuyo tratamiento corresponde a las personas expertas en el asunto, sí podemos decir que se empiezan a acentuar algunos indicadores relacionados con angustias, ansiedades o depresiones.

Es de observar que esto puede haber repercutido en mayor medida en niños, niñas y adolescentes, de quienes demasiado no hablamos durante los últimos meses, pese a que muchos de ellos -sobre todo al principio- permanecieron encerrados.

En un principio sentimos miedo ante lo desconocido, considerando la falta de información que todos teníamos respecto a una situación que recién estaba llegando a nuestras latitudes. Posteriormente fuimos comprendiendo la situación y el tiempo generó cierta adecuación a las nuevas circunstancias aunque, esta vez, la información era quizás demasiada y, en ocasiones, falsa.

Actualmente, luego de tantos meses, podemos observar cierto desgaste en la población, acompañado de una deslegitimación de los diferentes niveles de gobierno a la hora de reglamentar la convivencia. Aunque los efectos de este nuevo tiempo lo sabremos más adelante, sí podemos decir que un estudio de la UADE plantea que el 70% de sus encuestados afirmaron que el coronavirus representa una fuente muy o bastante estresante en sus vidas.

Entre el 30% y el 40% de la población ha tenido sentimientos de depresión, soledad y/o miedo durante la última semana. Siete de cada 10 encuestados (67%) afirman sentirse ansiosos por lo que está sucediendo. Por otra parte, frente a esta situación, 6 de cada 10 ciudadanos han intentado no ver noticias o leer sobre la pandemia.

Más de la mitad de la población reconoce que la pandemia y el periodo de aislamiento social preventivo y obligatorio le han generado trastornos sobre el sueño (58%) y sobre el apetito (56%). El consumo de tabaco, tranquilizantes y alcohol se ha incrementado respecto de lo habitual. Los problemas para dormir, la preocupación y la falta de energía o el desgano han aumentado en más de 10 puntos porcentuales respecto de los datos relevados en el año 2015.

Cerrando un año insólito, se vuelve necesario advertir que la situación a raíz de la pandemia nos dejará un sinfín de aspectos para seguir de cerca y no perder de vista. De alguna manera, a partir del coronavirus estamos redefiniendo nuestros vínculos, nuestras cotidianeidades y nuestras reglas ante la vida. El que desarrollamos, entre otros aspectos, debemos evaluarlo si queremos construir una mejor humanidad.

Nos leemos el próximo año. (Nota de opinión para Cambio 2000)

Categorías